La participación social en la conservación y el disfrute del Patrimonio Cultural ha experimentado un gran aumento en las tres últimas décadas y ha salido del ámbito de interés estrictamente profesional para llamar la atención de cada vez mayor número
de ciudadanos y empresas.
El Patrimonio Cultural heredado es un bien limitado
y no renovable, por lo que si se destruye desaparecerá. Afortunadamente, tanto la inteligencia como las posibilidades de creación cultural para el futuro no tienen límites, por lo que ambos pueden contribuir de modo muy eficaz a la preservación
de los bienes culturales que a lo largo de la
historia se han ido legando a la humanidad.
Pero ¿puede la mayor disponibilidad para acceder a la cultura ser causa de su destrucción? Si las políticas y el modo de gestionar los bienes patrimoniales no se adelantan a los problemas que el exceso de demanda puede generar, sí.
Si
el curso pasado Hispania Nostra propiciaba estos
debates para impulsar la reflexión y el
intercambio de opiniones respecto a la posible "sobreexplotación" del
patrimonio cultural y natural, este curso al
que se une en el esfuerzo organizativo la Fundación Banco Santander incorporándolos
a sus actividades habituales, quiere profundizar
especialmente en tres campos del patrimonio:
el patrimonio cultural y el territorio ,
siempre afectado por las intervenciones humanas
y sometido a los mismos peligros de conservación
y sobreexplotación que el patrimonio cultural;
los procesos sociales que condicionan la
conservación de los centros
históricos y los problemas para
la conservación del patrimonio
mueble y el intangible . Este programa,
como observarán, se refiere únicamente
a la primera parte del ciclo.
Las razones para estos debates surgen al constatar
que, respecto al patrimonio, ha dejado de primar
el valor de existencia, el que induce a su conservación
o restauración, a causa de la importancia
de los bienes culturales como símbolo
del devenir de la historia o de la capacidad
para crear belleza, para adquirir valor de uso.
Eso implica que los motivos para conservarlo
o incrementarlo ya no son tan sólo los
de carácter intrínseco, sino que
también se justifican por la satisfacción
individual que proporciona el conocimiento, estudio
o disfrute del patrimonio cultural o natural
e, igualmente, el sentimiento de identidad, pertenencia
o cohesión social que el patrimonio proporciona
a la colectividad.
La sociedad va adquiriendo experiencia sobre
los perniciosos efectos que produce la priorización
de uno de los valores sobre el otro. Tan perjudicial
es negar la posibilidad de disfrute pretendiendo
evitar los riesgos de destrucción convirtiendo
el patrimonio en "reliquia", como nefasto puede
ser que la apreciación social por el patrimonio
sirva de pretexto para convertirlo en "materia
prima", que se gestiona como cualquier otro recurso
económico justificando que el interés
empresarial puede primar sobre el interés
social. Es indispensable que la consideración
social hacia el patrimonio y la configuración
socioeconómica del país evolucionen
en paralelo con la educación individual
y colectiva, y ha de ser posible disponer de
los medios necesarios para ello. |