No hay picaporte en las mayores cumbres de la península.

Nada se nos antoja más reconfortante y salvador que un refugio de montaña. Pelado de frío, my kingdom for a coffee! no puede existir mayor placer sensorial (en esas condiciones, se entiende). Y es que hollar las cumbres de Sierra Nevada, haciendo honor a su nombre, es glorioso, pero puede ser escalofriante. El rigor del clima no perdona, y en este caso, a 3.187 metros, nieves semiperpetuas, ventiscas frecuentes, mejor saber algo de alpinismo y disponer de un refugio. Solo por este motivo, por el mero hecho de estar entre las cumbres de la mayor cordillera de la península, merece ser rescatado. También por ser el refugio a mayor altitud de la piel de toro. O porque se enclava en la divisoria de las dos vertientes de la mentada sierra, con vistas sin parangón. O porque, además, es de una belleza indiscutible en su racionalista arquitectura de los años treinta. Sí señores, hablamos del refugio Elorrieta, un complejo de estructuras semicilíndricas, léase con bóvedas de cañón, que se adentran excavadas en la roca con aire de misterio, de incredulidad, de base nuclear soviética abandonada en el Polo Norte. Su mera construcción fue toda una hazaña de la época, como ilustra su primer nombre: Tajo de los Machos (disculpas a nuestras lectoras muy feministas). Según expertos en la materia “se equipó con calefacción, instalación de agua (…) e iluminación por un grupo electrógeno”. Acabado en 1931, la instalación, excelente ejemplo de mímesis arquitectónica con el entorno, pronto recibió el nombre del apellido del Director de Montes, Caza y Pesca en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. El titánico esfuerzo se englobaba en un ambicioso plan de reforestación del valle del río Lanjarón, que aspiraba a cubrir las desnudas laderas con miles de árboles que evitaran la tremenda erosión y torrencialidad. Hasta 118 especies de alta montaña de todas partes se ensayaron in situ. ¡En la España subdesarrollada de aquella época! Siete refugios, mismo número de viveros, diques y veredas de arriería (sendas en el monte para el transporte con mulas) se completaron ex profeso. El refugio estaba pues, al servicio de los técnicos forestales. Luego llegó la guerra, fue acuartelamiento de los Regulares de África, y ya en los 60 acabó en manos de la Federación Andaluza de Alpinismo, que lo abandonó en 1993. Desde entonces, más de lo de siempre; decadencia, vandalismo (hay que tener ganas y verdadera necesidad a 3.000 metros) y una nota reciente de la federación andaluza (2015): “ los refugios deben ser puntos de partida para acceder a las montañas, y no puntos para desbravarla”. Desconocemos la acepción del verbo desbravar para el caso en cuestión, (sí la conocemos para la cerveza, por ejemplo ) pero no hay que ser muy listo para entenderla. La FAM pasa olímpicamente y casi prefiere su derribo. La plebe no tanto. Una cadena humana de 500 montañeros, organizada por Acción Sierra Nevada, rodeó un año más tarde el refugio en señal de SOS (no literal, claro). En sus buenos tiempos, un cartel rezaba a la  entrada del refugio: «Para abrir alcen el picaporte. Siempre abierto, confiado a la hidalguía del caminante». Lecciones de una España subdesarrollada que, a veces, fue más rica. 

El refugio Elorrieta está en la Lista Roja desde el 26 de noviembre de 2015. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde?

Fuentes: Amanda Martínez, el Ideal (elideal.es)

Foto izquierda: archivo Antonio Castillo Rodríguez.

 

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