Acto subversivo

Ganador de la I edición de “Con el concurso de todos”

Imagen: Marcos Reina

Texto: Marcos Reina

Como testigos de un tiempo en el que la Sociedad occidental se regalaba a si misma piedras preciosas que pudieran engarzarse en el precioso collar del Progreso y el Conocimiento, las bibliotecas públicas se esconden aturdidas en las ciudades de este frenético siglo como si su extinción fuera solo cuestión de tiempo y su presencia una broma pesada que ya dura demasiado.

No existe ninguna dependencia pública que tenga el silencio como seña de identidad, solo las bibliotecas públicas lo mantienen como un estandarte glorioso y necesario. Escuelas, hospitales, centros de trabajo y de ocio, ninguno ha logrado mantener fuera de sus puertas el ensordecedor estruendo en el que se ha convertido la vida urbana.

Por las mañanas, las salas de lectura infantil de las bibliotecas públicas de cualquier ciudad suelen estar desiertas. Los niños están sometidos al control horario, a la obligación diaria, dedicados a la ineludible misión de la escuela en nuestros días, principalmente ejercer de herramienta de control y aparcamiento infantil. Allí reciben la dosis de contaminación acústica que les mantiene tensos y en estado de alerta permanente. Aulas masificadas, griterío generalizado, volumen excesivo y admonitorio de docentes y personal en general. Sin embargo, como digo, las bibliotecas permanecen desiertas y silenciosas. Ajenas a su peculiaridad en el entorno. Como el espejismo de un oasis.

En un ejercicio subversivo y altamente reprobable, alguna mañana que otra no llevo a mi hijo al colegio. Nos levantamos a la misma hora de siempre y nos jugamos la vida en una bicicleta que parece un pez payaso entre tiburones a motor para acudir furtivamente a la biblioteca. En medio de ese silencio acogedor buscamos en los anaqueles aquellos libros que nos produzcan risas sordas, que nos permitan pensar un rato sin alboroto. Estamos solos, como digo, nos acompaña apenas el zumbido del silencio que se está volviendo a hacer amigo de nuestros oídos y ya nos ha dejado de molestar. Porque el silencio, hoy día, molesta. Por ser inesperado, inusual y escaso.

Y entonces empieza el sonido amplificado del aprendizaje, el cadencioso y envolvente trueno de la sinapsis en el cerebro, el aullido de placer de las meninges al poder descansar un rato del mundanal ruido y dedicarse a lo que mejor saben: cavilar, pensar, imaginar, elucubrar, sentir el exterior y matizarlo con la memoria y la experiencia para comprenderlo mejor y así disfrutarlo. Entonces veo que el chaval crece ante mis ojos. Y yo también crezco como padre. No puedo darle un manzano bajo el que cobijarse con un libro, no puedo proporcionarle el crepitar de una hoguera bajo las estrellas para contarle cuentos, ni siquiera me planteo recuperar el trino de los vencejos que hace años poblaban los cielos urbanos y acompañaban las tardes de tebeo y merienda. Pero me quedan las rebeldes bibliotecas públicas y el irreverente acto de libertad de visitarlas a deshora, en silencio, subrepticiamente, casi como el que comete un delito. Nadie sabe hasta cuándo, pero ahí siguen. No se las pierdan. Desaparecerán sin hacer ruido.

Marcos Reina