Al fartet y a mí nos gustan las salinas

Chico, nos gustan las salinas. Parece que siempre estén bañadas por el sol. Son un paisaje natural y humano a la vez, un raro equilibrio a prueba de los más exigentes ecologistas. Si se deja caer por ellas, una bandada de flamencos, como es el caso, ya ni te cuento. En el denostado Mar Menor, a menos de un kilómetro del Cabo de Palos hay unas, las de Marchamalo, en un espacio protegido a la vez que abandonado, perfecto oxímoron para describir cientos de lugares de la Lista Roja. Lugares que gozan de protección de iure y sufren de abandono de facto. Hoy traemos aquí los edificios que una vez sirvieron para producir la sal, sustancia tan importante en la historia del devenir humano que dio origen a la palabra salario. En Marchamalo se cae año tras año un viejo molino de aspas, que hizo sus deberes hasta mediados del siglo pasado. Resulta que esa ruina de mampostería, que podría ser desde una torre de vigía medieval hasta un corral de pueblo es lo que queda del único molino de moler sal de los de toda la vida en Murcia ¡y casi en toda España! Se me ocurre una iniciativa legislativa popular para elevar a la Mesa del Congreso de los Diputados: ¡Salvemos los molinos de viento! Porque si existe una imagen que identifique la cultura española en el mundo es un molino junto al hidalgo Alonso Quijano. Pero sigamos. Junto al desvencijado molino subsisten los edificios de la empresa explotadora en los siglos pasados, Salinera Catalana S.A. Las oficinas son obra de un arquitecto cartagenero de cierto renombre, Lorenzo Ros Costa. La gloria la da el recuerdo, y los edificios de este hombre están en cualquier guía de arquitectura local: Casa Geli (1915) y Teatre Jardí (1916) en Figueras, Cine Monumental en Melilla (1932) o Museo Naval en su ciudad natal (1926). Menos su edificio de oficinas junto al Cabo de Palos, por descontado, que languidece desde el cese de la actividad industrial salinera hace décadas. El inmueble conserva la bonita tipografía de los años 30 y un estiloso y larguísimo asta en la fachada, cuya función desconocemos. Curioso, mientras las oficinas se mueren el Museo Naval, del mismo arquitecto y la misma época, revive como Campus de la Politécnica de Cartagena.

No siempre fue así. La industria salinera fue la única existente en la zona, sin contar la pesca, desde tiempos inmemoriales. Las viejas fotos muestran un panorama casi bucólico de hombres trabajando la sal, nada más lejos de los funestos augurios de la Biblia. Claro que aún no había llegado el desarrollismo de los sesenta y el Mar Menor debía ser todavía un paraíso perdido. Un proyecto de fin de carrera de una joven arquitecta, Paloma de Andrés, (sí, el proyecto es indispensable para firmar luego las obras) demuestra que con imaginación y dinero se pueden recuperar las salinas en su finalidad industrial, medioambiental y turística. El sitio de verdad lo merece. Que se lo pregunten al fartet o Aphanius Iberus, pececillo superamenazado que sobrevive aquí porque con tanta salinidad ni siquiera las especies invasoras de América pueden toserle. O a nosotros, que nos gustan las salinas. 

 

El molino de viento de las Salinas de Marchamalo están en la Lista Roja desde el 2 de enero de 2019. ¿Cuándo engrosarán la Lista Verde?

Foto de la izquierda: cedida por Marisol Celdrán para laverdad.es

Foto de la derecha: Jose Luís Domínguez

 

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