Alacena de las monjas

Es constante nuestra preocupación por la cultura y por ello, hoy toca encomendarse a Dios. Le cedo turno al patrimonio de la Iglesia, el cual, en parte, reza en silencio por conseguir una bula que le salve del pecado del abandono y la distracción. Antes de que muchos pongan el grito en el cielo, sepan que no vamos a generalizar, que acotamos el terreno a un entorno pequeño, un microcosmos muy alejado del universo de los grandes monumentos, catedrales y riquezas artísticas atesoradas a lo largo de la historia de una institución que en ocasiones también sabe manejar el business y el marketing enmascarados por el eufemismo del turismo cultural.

Hoy rescatamos del olvido a los conventos de clausura. Para hablar de ellos les invito a activar los cinco sentidos. El primero, el oído, porque aconsejo para esta lectura poner de fondo esa coplilla de inspiración divina del granadino Carlos Cano, – “Alacena de las monjas”- que emocionará a los no tan devotos y a quienes nos trae recuerdos de la infancia. En ella, aquel gran poeta musical describe como nadie los dulces elaborados por las monjas del convento de las Esclavas de Santa Rita en Granada… ¡¡Ave María!!

Como ellas, son muchas las comunidades de religiosas que se afanan en sus cocinas por recuperar un patrimonio intangible que activa las papilas gustativas, el olfato y el alma. A pesar de su extraordinario patrimonio artístico, el cual siguen protegiendo para su uso litúrgico y devocional, muchas de ellas atraviesan difíciles momentos desde hace años. Nos llevan ventaja en eso de la reinvención (que ahora esta tan de moda). Parte de sus tesoros se esconden entre fogones, alacenas, pucheros y, en definitiva, entre sus manos, extendidas hoy hacia su teléfono móvil. A través de WhatsApp, oculto bajo un hábito muchas veces remendado por el paso del tiempo, reciben sus encargos. Eso sí, siempre reservando unas líneas para sus plegarias y oraciones a Dios, siempre presente en tan afectuoso texto. Doy fe.

El principal problema es la escasez de vocación por ingresar en la clausura y la mucha preocupación por su futuro, pero curiosamente no por ellas, sino por terceros, que hacen y deshacen en casa ajena. Con buenas intenciones se crean Observatorios para la Salvaguarda de la Vida Contemplativa, con fines de estudio y desde donde reclaman unidad de acción. Nos referimos, entre otros, al creado en Toledo, formado por historiadores, juristas y arquitectos, que aparecen como Mesías del Patrimonio Eclesiástico, pero cuyo nombre pesa más que sus actuaciones después de un año desde su creación.

Mientras tanto, estas comunidades avanzan con pequeños y sigilosos pasos y se adaptan al mundanal ruido. Sor Lucía, de la Comendadoras de Santiago, es un ejemplo. Tras más de 60 años en el convento, convive con varias hermanas de origen hindú bautizadas en la fe cristiana. Es en este punto donde activamos el olfato y el gusto… porque el Toledo de las Tres Culturas, cual milagro, se nos aparece al atravesar las puertas del convento: olor a cúrcuma, ajonjolí, mazapán recién horneado (…) “que te dan gloria bendita”. Multiculturalidad y diversidad étnica detrás de unos muros y patios de siglos pasados que alimentan con mucho tacto nuestra sociedad presente. Aunque urgen necesidades patrimoniales, como la de restaurar sus altares, es prioritario atender su día a día (pagar facturas, cupones de monjas autónomas, visitas a las oficinas de extranjería, cuidar del archivo, mantener los órganos, etc.). Hay otros llamativos ejemplos de comunidades en esta ciudad: abadesas africanas que trasmiten una energía sin mesura, mientras conversan sobre la historia de una momia de alto abolengo y estirpe castellana, enterrada en el coro conventual.  Clarisas, cuyo desocupado convento se reabre los sábados bajo petición para ser visitado por turistas y locales. O manos que amasan pizzas que se recogen por el torno… Divinas pero humanas. No tenemos la intención de caer en el lamento ni en la misericordia. Ellas llevan siglos formando parte de nuestra sociedad, su patrimonio lo protege la normativa legal. Así lo dicta el artículo 28 de la Ley de Patrimonio Histórico Español y por extensión, la normativa autonómica. Gracias a ello se recuperan bienes culturales como aquel conjunto escultórico granadino que campeaba a sus anchas en el Rastro madrileño y que fue salvado del expolio a finales de 2018.

El patrimonio eclesiástico se suma al deleite, a la vista de todos, porque al fin y al cabo nos pertenece. Muchas comunidades han cedido sus obras para exposiciones temporales como la que recientemente se presentaba en el Palacio Real de Madrid: La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de las Descalzas y la Encarnación y en la que disfrutamos de piezas nunca vistas fuera de su lugar de origen.

Mi alegato es que no nos quedemos sólo con los objetos, disfrutemos de lo inmaterial, alimentemos nuestro espíritu y conservemos la esencia de estas mujeres ligadas a la contemplación de lo divino y lo humano. Más que nunca necesitamos de sus jaculatorias para entender a esta sociedad que crea dioses twitteros con más cabeza que nuestros políticos, retratados de piedad y negro de palo campeche y que descuidan y desatienden nuestro patrimonio cultural.

Si hicieron caso a mi consejo inicial, sólo nos queda terminar con Tres Salves, un Padrenuestro y la gracia de tus manos.

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