De aquellos gritos, estos susurros

Ganadora de la III edición de “Con el concurso de todos”

Imagen: Irene Martínez García

Texto: Irene Martínez García

Tras el silencio del público, la música enmudeció a los pájaros. Todos los ojos estaban atentos a lo que sucedía en aquel templete de El Retiro; mi mirada, como la del resto, se perdía en los movimientos de los músicos acariciando su instrumento.

Y entonces escuché a mi abuelo tararearle a mi abuela la canción que sonaba.

Es curioso pensar en la constante búsqueda humana de querer viajar al pasado, y qué sencillo resulta cuando descubres que siempre lo hemos tenido a nuestro alcance. La música: nuestro billete de ida y vuelta en el tiempo.

Aquella explanada a los pies del templete una vez fue tambor para los tacones, lienzo de los pasos en pareja, jardín de los claveles que se dibujaban con el vuelo de las faldas al girar, testigo de tantos abrazos y besos. Donde una vez hubo danza, gritos, sonrojos, hoy había pausa, calma; sin embargo, el mismo latido que entonces: escuchando desde su asiento, siguiendo con el talón el ritmo, muchos cerraban los ojos, y sonreían.

Y les vi recordar.

La danza, los ritos, los mitos, los cánticos… todo este patrimonio cultural es verdaderamente intangible: no son los festejos en sí mismos, sino lo que transmite a los que escuchan, lo que permite que ellos recuerden o experimenten para algún día, volver a recordar. La tradición no se vive: se revive.

Y les vi bailar.

Volvieron a ser los artistas en aquel cuadro de arena blanca. Fue cuando pensé que, en un futuro, alguien me verá a mi sentada allí, escuchando con los ojos cerrados, y me imaginará bailando, cerrándose así el círculo eterno que es la memoria del ser humano, que se transmite, como cualquier tradición, de persona a persona. Saltos de danza. Saltos de recuerdos.

Desde el tronco hasta las copas de los árboles, como si de un revoloteo de aves se tratara, ascendió ensordecedor el sonido de los aplausos, envolviendo aquel baile, cediéndoselo al viento para que lo guardara junto con tantos otros.

Y les vi abrir los ojos.

Irene Martínez García