Domingueros de ayer y de hoy

Nunca olvidaré los veranos en aquel SEAT 1430 azul, tapizado en sky granate con decoración perforada a base de líneas infinitas (es lo que tiene opositar a museos, lo catalogo todo, be careful!). Sin cinturón, colchón para dormir y un viaje interminable para comenzar las vacaciones estivales o simplemente para escaparse un fin de semana con la familia o los amigos. Incluso años más tarde, hasta un grupo indie toledano, al que siempre tendré on my mind ,decidió bautizarse con el nombre de The Sunday Drivers, porque en el fondo, hacer turismo en España siempre fue sinónimo de dominguear: sol, playa, paella y una caña bien fresquita.

Todo ese turismo vintage cambió. Pasamos del turismo de costa del sol, al de la calidad con Q, con seguridad, normas UNE, smartcities, Bed and Breakfast, Spa´s, etc. y una cifra: 84 millones de turistas anuales bajo el amparo y la sombrilla del Turismo Cultural y la Marca España. Visitar museos, yacimientos arqueológicos, espacios naturales y traspasar fronteras a través del low cost para saborear en un fin de semana una capital europea a precio de ganga (ah y nada de souveniers, ahora es más importante el selfie y su palo… turisteo).

Pero de nuevo ese turismo acelerado a la par que erudito ha vuelto a cambiar. Con la llegada de un virus viajero que ha sido más rápido que la velocidad de la luz, el sector turístico se ha congelado. Ni un sólo dominguero, ni un sólo turista ilustrado, ni un sólo grupo de orientales que visita Segovia, Madrid y Toledo en un día, ni un sólo guía en las ciudades. A cambio, hemos recibido una flora y una fauna como nunca antes se habían visto: delfines en una Venecia agonizante, Madrid sin su boina de dióxido de carbono se cubría de estrellas que brillan más que nunca… (“los pajaritos cantan, las nubes se levantan”). Es la cara B del disco de la vida turística y ha llegado la hora de cambiar su banda sonora.

Hablo en primera persona y con conocimiento de causa. Como Guía Oficial de Turismo en Toledo, echo de menos mi trabajo. Compartir y difundir el patrimonio cultural que nos pertenece a todos. Lo que no añoro son ciudades con un turismo de masas, recorriendo calles a contrarreloj. Odio ver las plazas llenas de paraguas a la caza del turista para ofrecer un falso free tour (¡lean la letra pequeña!- una propina a cambio de una ruta escasa de calidad, sin hablar del tema fiscal) y que mueve a grupos como ovejas. Duelen los oídos al escuchar barbaridades históricas o artísticas al grito de ¡pasen y vean! O cuando se recurre a brujas y hechiceras para hacer visitas nocturnas por subterráneos en los que el agua fue la única sustancia capaz de trasformarse… Fantasmas, muchos, pero de carne y hueso.

Desde grandes organismos internacionales como ICOMOS, se propone “lo local” o “lo nacional” como una posible solución para rescatar el sector. Leamos el Convenio de Faro del Consejo de Europa, ratificado por España en 2018, que vela por el valor del Patrimonio Cultural y su uso sostenible para el desarrollo de las personas y la calidad de vida. O la Declaración de Davos en pro de la calidad del entorno construido y las ciudades históricas. Que no se nos olvide que los vecinos de cascos históricos han tenido que huir amenazados por esas bandadas de gentes foráneas que okupaban sus espacios diarios. ¿Ahora nos interesa que se conviertan en turistas? Es urgente buscar el equilibrio, es necesario implantar un modelo de turismo sostenible real, en el que crear sinergias entre habitantes, naturaleza y visitantes. Obviando su contribución a la economía, como lo es la cultura, no caigamos en el error de seguir maltratando nuestro futuro después de esta llamada de atención. No vendamos nuestro patrimonio a precio de bazar, de plástico y mala calidad.

Compongamos un turismo en clave de RE-. Rebobinemos, repensemos. Los grandes museos como el Prado han decidido bautizar la vuelta a la normalidad con su público con la palabra “Reencuentro”. Aún hay tiempo de arreglar esta canción sin ritmo. Hagamos sonar un turismo repleto de bonitas melodías. Tomemos un poco de Jarabe de Palo (y no de selfie).

Bonita la gente cuando hay calidad
Bonita la gente que no se arrepiente
Que gana y que pierde, que habla y no miente

Bonita la gente que viene y que va
Bonita la gente que no se detiene
Bonita la gente que no tiene edad
Que escucha, que entiende, que tiene y que da

Bonito, todo me parece bonito

(Pau Donés, DEP)

 

 

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