El Bodeguero I

EL BODEGUERO
Parte I

Cansado de hacer siempre los mismos tipos de vinos y trabajar para otros, decidió comenzar un proyecto propio como enólogo en una parte de la Rioja que conoció, meses antes por un compañero de profesión. Gracias a una herencia familiar y el dinero que ahorró durante dos décadas como bodeguero, en una Cooperativa de la Ribera de Duero un tanto tradicional y obsoleta, pudo negociar con los propietarios del Castillo de Davadillo para su cesión durante treinta años, y una opción de compra al terminar el contrato.
La construcción estaba muy deteriorada y, en esos años, los dueños eran presionados por el ayuntamiento de San Asensio y el gobierno de la Rioja para que la situación no se agravase, pero eso suponía un dinero que no querían desembolsar, ya que tenían que ponerse de acuerdo las cuatro partes herederas, y no todas estaban en una buena situación económica. Eduardo en ese momento fue la gran opción para todos. Como su abuelo le decía: “El dinero, además de gastarlo en vicios innecesarios, sirve para cumplir alguno de nuestros sueños terrenales”.
Decidió habilitar principalmente la torre del homenaje que era de planta cuadrada y tenía cuatro pisos. La planta baja sería la zona de bodega con sus depósitos de acero inoxidable, la pequeña despalilladora, su prensa artesanal de madera, una embotelladora lechera con cuatro caños y una encorchadora semiautomática. La segunda la dedicaría a despacho, enseres enológicos y un laboratorio básico. En la tercera ubicó la vivienda, y la última serviría para sala de cata y comedor con vistas a los viñedos y campos de cultivo.
Dejó la entrada al castillo por una puerta que existía en el ala sur. La zona de elaboración se completó tras aprovechar las ménsulas de los muros en el que creó un sotechado con vigas de madera, para hacer un porche de recepción y selección de uva. Además los mechinales de la torre, vanos en la pared, le sirvieron para introducir listones y hacer un andamio que facilitó la rehabilitación y que podía utilizar en vendimias. Eduardo quería trabajar lo más artesanal posible, sin motores para que el fruto no sufriese, e ideó un sistema de poleas por toda la bodega.
Al lado de esta torre existían dos cubos huecos, los que destinó a la crianza del vino y dormitorio de botellas. El suelo interior del castillo lo segó para que la riojana de la que se había enamorado, tuviese su huerta y jardín, pues le apasionaba la agricultura como buena ingeniera, además de tener una mano privilegiada para la cocina. Con ella explotaría de una manera muy original la cuarta planta, “El Restaurante del Vino”, que serviría de reclamo turístico. Se ofrecería una comida que maridara con los vinos y no viceversa, como se hacía en los restaurantes de la comarca.
Alejandra y Eduardo se admiraban tanto que su amor era descomunal. Las eternas jornadas de trabajo, mano a mano, no les frenaba las ganas de entrelazar sus cuerpos en la noche de la habitación en la torre del homenaje. El deseo era tan fuerte y el sexo tan intenso que caían rendidos. Ella se tumbaba sobre él y, jadeantes, se besaban para sin decir palabra dormirse el uno dentro del otro. Eduardo, siempre, se despertaba antes para observarla mientras dormía. Sentir su respiración y el cuerpo desnudo pegado al suyo. Rozar suavemente aquel cabello negro azabache, acariciar su piel reluciente con la luz del amanecer. Y sobre todo presenciar, después de que abriese sus ojos del color de la avellana, aquella espectacular sonrisa que tenía por las mañanas.
Al poco tiempo se casaron en el jardín del Castillo, y ese mismo día Alejandra le dijo que estaba embarazada. Eduardo pensó que eso era lo más importante que podía haber hecho en toda su vida. Lo más grande entre los dos, el fruto de un amor que nunca se podría borrar.
Pasó el tiempo y un día, a los siete meses del embarazo, Alejandra se desmayó en el jardín según cortaba flores para adornar el restaurante. Eduardo la vio tendida en el suelo y descendió por los andamios, como un ave rapaz en vuelo rasante, para cogerla y correr al hospital más cercano. El pantalón de su esposa estaba empapado en sangre. Ella le sonreía con la vista cansada sujetándose la barriga. El fingía, con una sonrisa de medio lado, estar aterrado mientras conducía a toda velocidad.
La vida se le escapaba.

Continuará…

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