El Bodeguero II

EL BODEGUERO
Parte II

Eduardo sentado esperaba en la sala de urgencias. Nervioso movía las piernas y las manos entrelazadas, con los antebrazos apoyados sobre los muslos, giraba los dedos gordos uno sobre el otro en círculo, hacia delante y hacia detrás. De vez en cuando levantaba la cabeza para mirar a la puerta amarilla azufre, por la que se llevaron a Alejandra, para ver si salía alguien a informarle de lo que sucedía con su esposa.
Estaba sólo en aquella estancia. Miraba alrededor y únicamente había sillas vacías blancas, nadie con quién hablar, sin alguien al que oír decir que todo iba a salir bien.
La puerta se abrió y entraron dos personas. Primero un hombre con una bata blanca que llevaba una mascarilla caída a la altura de la garganta y, detrás, una mujer vestida de verde helecho con una red de pelo en la cabeza y la mascarilla en las manos con la mirada puesta en el aséptico suelo. Eduardo se puso de pie.
El médico se acercó a él. Le miró a los ojos y tragó saliva, tenía la boca pastosa, seca. La pena que le invadía no podía exteriorizarla. Cada vez era más duro dar estas noticias, pero ante todo tenía que ser un profesional. Verlo como a un número, sino se llevaría el trabajo a casa y terminaría destruyéndole.
—Eduardo —dijo y le miró como quién habla solo—. Sentimos decirle que su mujer no se ha sobrepuesto a la fuerte hemorragia con la que ha llegado al hospital, y lamentamos comunicarle que ha fallecido.
Eduardo tensó los brazos y apretó los puños. La rabia le absorbió el estómago y los párpados se le empezaron a encharcar.
—¿Y mi hijo? —preguntó con miedo a la repuesta.
La enfermera que estaba al lado del médico levantó la vista para mirarle y negó despacio con la cabeza. Las lágrimas se desbordaron, en silencio, por todo el rostro de Eduardo, y luego le temblaron las piernas. Durante unos segundos los tres quedaron mudos.
En unas horas lo había perdido todo.
—Doctor, ¿puedo verles por última vez? —preguntó solícito.
El médico miró a la enfermera y está asintió con los párpados.
—La enfermera le acompañará pero, por favor, solo un par de minutos. No dejan entrar a personal externo sin un permiso previo.
Entró en la sala de operaciones. Se acercó a la mesa de partos donde su mujer estaba tapada. A su derecha en una cuna térmica, inmóvil, había un cuerpecito muy pequeño. Se giró y miró a la enfermera. Está entendió que tenía que dejarle un poco de intimidad, y le dejó solo. Eduardo retiró la sábana de la cara de su mujer para besarla muy fuerte en los labios, con la falsa ilusión de que resucitara. Después separó la tela que cubría el cuerpo de su hijo para besarle en la cabeza.
De repente, algo despertó en él. Miró a su alrededor y observó que aún seguía allí la silla de ruedas en la que habían trasladado a Alejandra, cuando llegaron a la recepción de urgencias. Entonces pensó que nadie le iba arrebatar a su familia. Sigiloso se movió hasta la puerta y observó, por la ranura, si estaba fuera la enfermera. Al no ver a nadie se desplazó muy rápido y puso a su mujer encima de la silla de ruedas. Entre los brazos de Alejandra colocó a su hijo tapado con la sábana, y su abrigo lo colocó alrededor de ambos para sujetarles sobre la silla. Le quitó los frenos y se pusieron los tres en la puerta. Volvió a observar y no vio a nadie. Decidido, salió sonriente de la sala de operaciones y a paso ligero atravesó el pasillo que llegaba hasta la salida de urgencias, allí se despidió de la persona de la garita educadamente sin detenerse.
Era de noche y corrió empujando la silla de ruedas hasta llegar al coche para huir apresurado con su familia.
Llegó al Castillo de Davadilla. Por el camino pensó que la única manera de que ellos estuviesen siempre con él, era sumergir a cada uno en un depósito de la bodega dotándole a ese vino de su cuerpo, de su esencia, para poder beber de ellos, de su memoria.
La policía tardó un mes en localizar los cuerpos “enterrados” en vino. Se encontraron dos depósitos “siempre llenos” con la tapa a la mitad de su volumen, pero la explicación estaba en los libros de control de bodega, donde se registró el trasiego de uno de mayor capacidad en ellos dos.
Cuando Eduardo salió de la cárcel a los nueve meses, pena máxima por profanación de cadáveres, regresó a la bodega. Tenía una semana para desalojarla porque le iban a desahuciar por incumplimiento del contrato. Entonces entró en uno de los dos cubos huecos de al lado de la torre, lugar escogido para envejecer los vinos. Se acercó a un nicho de botellas colocadas en dos bloques puestas en horizontal. En los corchos de uno de ellos se podía ver una “A” escrita a bolígrafo, y en el otro una “H”.
Eduardo, desde ese día, bebió de su memoria y nunca más volvió a elaborar vino.
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