El Cabanyal al filo de la burocracia

La primera vez que escuché hablar del Cabanyal fue por una amiga que me contaba que su abuela, oriunda de la barriada, se refería a la Guerra Civil como la Revolución. No debía ir desencaminada. La revolución española vista por una republicana titula la ínclita Clara Campoamor sus memorias de los primeros meses de nuestra cruenta contienda fratricida. Revolucionario o no, algo queda de espíritu combativo en las gentes de este viejo barrio de pescadores que luchan desde hace décadas para evitar que las autoridades hagan tabula rasa del hogar de sus antepasados. De eso se trataba más o menos desde finales de los 90 cuando, en el fragor del boom del ladrillo valenciano, se decidió derribar buena parte del barrio para comunicar la Avenida Blasco Ibáñez con el mar. Como si la ciudad estuviera incomunicada, oiga, como si tener que zigzaguear por un retícula de callejuelas con casitas y chalets de dos plantas fuera una injuria, una herejía, un anatema urbanístico. Salvando las distancias, lo planteado en Valencia me recuerda a lo acometido por Mussolini en el Borgo de Roma. Allí, la idea no era llegar al mar en un descapotable para loor de multitudes, sino a la Plaza de San Pedro. Si para ello había que derribar centenares de fincas centenarias que se hallaban entre el Tíber y el Vaticano, pues adelante. Hoy la experiencia nos dice que no hay avenida más insulsa en toda Roma que la Avenida della Conciliazione. Que la destrucción del Borgo acarreó el fin de la mayor bambalina barroca de todos los tiempos: la majestuosa perspectiva de la columnata de San Pedro entrevista desde las enredadas callejuelas que ya no existen. 

Pero volvamos al Cabanyal, donde la supervivencia del barrio se pierde en una empantanada lucha legal que resumo a vuelapluma. El PEPRI, que data de 1998, es el Plan Especial de Protección y Reforma Interior, defendido por el Ayuntamiento. Prevé proteger el barrio seccionándolo en dos partes para prolongar la avenida de la discordia, además de expropiar mil y pico viviendas de dos plantas para demolerlas y levantar fincas que, no hay que ser muy avispado, tendrán más de dos, tres y cuatro pisos. Todo ello, respetando la trama urbana, que data de fines del siglo XIX. Milagrosamente nada de esto se llevó a cabo, y desde 2010 pesa una sentencia del Tribunal Supremo que considera el carácter expoliador (sic) del PEPRI, y obliga al Ayuntamiento a adaptarlo para salvaguardar el valor artístico e histórico del área. La consecuencia nefasta que se desprende es que, con tanta inseguridad legal, el barrio, sobre todo en la zona más amenazada por la piqueta, se deteriora lentamente. 

Hay lugares que se nutren del aire decadente y melancólico que los hace únicos, y el Cabanyal es uno de ellos. ¿Reemplazarlo por nuevas y lustrosas edificaciones con terrazas de autoservicio en la planta baja? ¿Altos y modernos edificios asomados al mar desde ventanales de metacrilato? La genuidad y coquetería de las casitas de colores, con su balcón a la calle y su marquesina art decó no son superables. Es fácil imaginar a Manuel Vicent adolescente caminando por allí hacia el desaparecido balneario de las Arenas, como si el tiempo no hubiera pasado tan deprisa. A fin de cuentas es lo que está en suspenso: la pervivencia o no de la memoria de un barrio de Valencia.

El Cabañal – Canyamelar está en la Lista Roja del Patrimonio desde el 27 de marzo de 2012. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde?    

Foto de la izquierda: Consuelo Chambo.

Foto de la derecha: Eva Máñez

Volver a: