El Convento de los Trinitarios I

EL CONVENTO DE LOS TRINITARIOS
Parte I

El convento lo usaban de casa familiar durante el verano. Llevaban una semana en Cuéllar. Por la mañana, habían hablado con el arzobispo de la diócesis de Segovia y le rogaron que viniese esa misma tarde. Él aceptó, ya conocía el hogar de los Trinitarios.
Mientras fregaba los platos de la comida, el menor de sus hijos fue a la bodega a jugar. Era un amplio espacio de tierra que sirvió de leñera y de almacén para aperos. Siempre que alguien bajaba, la puerta se dejaba abierta.
Al rato, empezó a oír golpes. Se quedó inmóvil y ladeó la cabeza en busca de su procedencia. El ruido venía de abajo. Se secó las manos y descendió por los escalones de madera, que estaban iluminados por una tenue bombilla que colgaba entre las telas de araña en medio de la escalera. Después, del crujido del último escalón, sus alpargatas tocaron la tierra gris. Olía a humedad y sintió frio en los brazos. Oía, de continuo y cada vez más cerca, el fuerte sonido del chocar de dos palos alternativamente. Al fondo vio luz en la estancia donde se guardaba la leña. Entremedias un espacio oscuro. Avanzó, tragó saliva y se le aceleraron las pulsaciones
—Edu, ¿estás ahí?
Nadie le respondió. Siguió acercándose. La luz aclaraba la oscuridad y el golpeo lo sentía más fuerte, más cerca, se repetía más rápido.
Finalmente entró en la estancia y vio cómo su hijo jugaba dando golpes con unos huesos entre sus manos.
—Pero, ¿qué haces?
Su hijo sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, paró de golpear con lo que tenía entre las manos y se giró para mirarla.
—Dame eso —exigió ella, tras estirar el brazo con la palma hacia arriba.
El niño obedeció en silencio.
Cogió el hueso y se dio cuenta de que era muy grande. Miró a su hijo y todo lo que había colocado a su alrededor hasta que vio una calavera humana. Volvió a mirar el hueso que sostenía y se percató de que era un fémur.

Un par de horas más tarde, el matrimonio estaba sentado en el jardín con el arzobispo de Segovia. Era una visita particular. Aquella casa fue un convento habitado por los hermanos de la Orden Trinitaria, donde muchos de ellos fueron enterrados allí. De hecho existían dos cúpulas y la cruz patada se podía ver en diferentes lugares de la casa, es la cruz trinitaria cuyos extremos presentan unos ensanches que semejan “patas” de color rojo y azul.
—Todas las noches, varias veces, nos tenemos que levantar a cerrar la puerta del jardín. Hasta la noche pasada, que mi marido decidió comprar un candado para ponérselo antes de irnos a dormir—comentó ella y continuó mostrándolo—. Y como puede ver, no sirvió para nada.
El arzobispo vio como el candado estaba mellado. Miró fijamente a la puerta, a la vez que daba un sorbo al café que le habían servido, y después dijo:
—Recuerdo que hace unos años, cuando era sacerdote, me lo pidieron tus padres. Entonces rocié la puerta únicamente con agua bendita —hizo una pausa y dejó la taza sobre el mosaico de azulejos de la mesita de hierro—, pero esta vez haré la bendición con agua bendita y sal. También os santiguareis con ella todos los de la casa, así evitaremos que no tenga poder el espíritu maligno sobre las personas ni las cosas que aquí habitan.

Continuará…

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