El Convento de los Trinitarios II

EL CONVENTO DE LOS TRINITARIOS
Parte II

Al principio del verano siguiente, Juan que acababa de cumplir dieciocho años y era el hijo mayor, fue con tres amigos un par de días antes de que la familia llegase a pasar la época estival a Cuéllar, y así celebrar su mayoría de edad libremente.
Llegaron al convento y depositaron, como era el ritual, dos rosas de color rosa sobre el sepulcro de la entrada, donde estaba enterrado Don Francisco Velázquez, hijo del benefactor del convento, y su mujer. Esta flor simboliza la ausencia de maldad, de doble intención y manifiesta el aprecio, cordialidad y actitud positiva de los que la habitan hacia los que reposan allí en la eternidad.
Fran era el cocinillas, muy fuerte y ancho de espaldas sin ser el más alto. Mientras sacaba lo que habían comprado para cenar, Hugo, el atleta del grupo, enfriaba las latas de cerveza en un cuenco grande de barro con bolsas de hielos y agua. En la planta superior, en el despacho principal, Juan estaba con Sami, el famoso “tripitidor” del colegio, de quien se habían hecho amigos en el último trimestre del curso, aunque Paco pensase que no era de fiar y no terminaba de congeniar con él. Decía que su mirada desprendía rencor. Era bajito y delgado pero muy fibroso. Siempre que podía tenía un pitillo en la boca, le daba un aire de chico malo que le gustaba. Juan se sentía deslumbrado por Sami, ya que poseía toda la capacidad de iniciativa y valor de la que él carecía, aunque fuese dos palmos más bajo que él.
Ellos dos terminaron de preparar la sesión de güija que Sami había prometido en uno de los recreos del colegio. El despacho era un sitio cargado de energías espirituales, debido a las tres laudes que había en las paredes y que correspondían a Alonso Belez de Guevara y Velázquez, patrón del convento y padre de D. Francisco, y a su esposa Brixida de Bazán y, también a las piadosas damas y hermanas de esta, Francisca y Ana de Bazán que ayudaron a la construcción del convento.
Una vez colocado el tablero y su vaso de cristal encima del escritorio, dejaron a su alrededor dos butacas antiguas sin reposabrazos y dos sillas estilo savonarola. Luego encendieron cuatro velas azules, que trajo Sami, para mejorar la comunicación. En ese momento, entraron Fran y Hugo con unas latas de cerveza que repartieron para brindar por Juan. Se miraron sonrientes y bebieron un trago largo, que quitaba la sed y ayudaba a superar lo desconocido.
—Sentémonos —dijo Sami.
Se sentaron todos menos Fran, que dijo:
—Conmigo no contéis —afirmó y miró a Sami—. A los espíritus es mejor dejarles donde están.
—Tú mismo, no creía que tuvieses tanto miedo a los muertos —contestó Sami con una sonrisa desafiante—. Anda, retira tu silla y salte del círculo.
Juan comprensivo observó como a Fran se le tensaba la mandíbula. Hugo hizo, en silencio, una mueca con los labios en forma de risa nerviosa. Después cada uno de ellos puso un dedo sobre el fondo del vaso, que estaba boca abajo en el centro del tablero, y comenzaron la sesión. Sami recitó una frase para invocar a las almas.
Pasaron un par de minutos en los que solo se oía el crujir de la madera vieja y sus propias respiraciones. Incluso se percibía el calor que desprendían las velas azules.
El vaso empezó a vibrar y Sami comenzó a preguntar:
—¿Has entrado en esta sala? —dijo con la mirada puesta en los arcos de medio punto del techo de la cúpula.
El vaso se movió al lado del tablero que ponía “SÍ”, y volvió al centro.
—¿Tienes algún mensaje para nosotros?
El vaso regresó al “SÍ”. Ellos tres, se miraron entre sorprendidos y aterrados.
—¿Es para Juan?
El recipiente se deslizó hasta el “NO”. Juan espiró de alivio y Sami miró al tercero en discordia.
—¿Es para Hugo?
El vaso no se movió del “NO”. Los dos amigos miraron a Sami mientras Paco daba un trago de su cerveza muy despacio.
—¿Es para mí? —preguntó y cerró los ojos.
El vidrio transparente siguió encima del “NO”. Los tres pusieron la mirada en el amigo que estaba fuera de la güija. Este hizo un ruido gutural al tragar la bebida.
—¿Es para la persona que está fuera de la mesa?
El vaso se movió al “SÍ”. Fran se quedó inmóvil y rígido.
—¿Eres su padre?
El vidrio no se movió del “SÍ”. Fran se puso de pie, nervioso y desubicado.
—¿Quieres hablar con él? —preguntó Sami con la mirada puesta sobre el hijo del difunto.
El recipiente se deslizo bruscamente al “NO”. Fran tembló y se le cayó la cerveza que rodó por todo el suelo de la antigua capilla. Juan y Hugo quitaron los dedos del vaso y este se estrelló contra el suelo rompiéndose en mil pedazos. Fran empezó a llorar a la vez que negaba con la cabeza. Sus dos amigos se levantaron y se acercaron hasta él. Sami se quedó de pie observándoles desde su sitio.
—¿Estás bien? —le preguntó Hugo, mientras Fran se frotaba los ojos.
El “tripitidor” se encendió un cigarro y soltó una burlona carcajada.
—Pero, ¿cómo podéis ser tan pardillos? —les dijo con una sonrisa de oreja a oreja y el pitillo entre los dedos.
Los tres le se giraron para mirarle.
—Engañé a vuestro subconsciente —les confirmó mientras movía la cabeza con un gesto afirmativo y desafiante hacia Fran—. Todo ha sido una broma, ¿verdad amigo?
Este, preocupado, se sentó sobre la silla sin dejar de mirarle, mientras Juan observaba a ambos, Hugo tenía la mirada perdida entre los cristales esparcidos por la madera.

Fuera o no cierto lo ocurrido, la madre de Juan tuvo que llamar esa misma semana al Arzobispo de la Diócesis de Segovia, porque la puerta del jardín volvía a abrirse por las noches.
Un mes después Sami apareció muerto en su habitación mientras dormía, en extrañas circunstancias, o tal vez porque sabía demasiado.
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