El Holandés (Parte I)

EL HOLANDÉS
Parte I

Aparcó su coche en una de esas calles pequeñas y sin salida del barrio valenciano de Benicalap. Condujo durante dos días desde Amsterdam para llegar a tiempo donde le habían citado. Pasaban veinte minutos de la seis de la tarde de un día de agosto. La ropa se le pegaba al cuerpo y sudaba por cada poro de su piel flácida. Los holandeses no aguantan tanto el calor y menos siendo jubilado. El aire acondicionado dejó de funcionar, hace trescientos kilómetros, y decidió bajar del vehículo para estirar las piernas y encontrar una brizna de aire.
Debido a la ausencia de árboles buscó una sombra debajo de uno de los balcones enrejados de aquel barrio. Se apoyó en la pared de ladrillo que aún estaba caliente y tuvo la misma sensación que cuando tomaba el sol en la playa boca abajo. Sacó un cigarrillo de la cajetilla que tenía en el bolsillo de la camisa. Se lo puso en los labios y lo encendió. Después inspiró una calada profunda para a continuación exhalar fuerte su humo. Miró la hora en su reloj automático y faltaban dos minutos para las seis y media, el momento de su cita.
El tabaco le daba más calor y tiró el cigarrillo a medias. Estaba cerca del mar y no corría ni un poco de brisa. Empezó a percibir en el ambiente un olor a orín y podrido, además de ver suciedad por todos lados, con bolsas de basura por el asfalto. Aquel panorama era un horror urbanístico.
De repente aparecieron dos jóvenes veinteañeros, uno moreno y otro rubio ambos de media altura, que se dirigían hacia él desaliñados pero con sus caras gafas de sol. Llevaban puestas unas camisetas de tirantes por fuera de sus pantalones vaqueros roídos. En los pies un calzado deportivo de marca. En escasos segundos llegaron hasta él.
—¿Eres tú El Holandés? —le preguntó el moreno poniéndose las gafas sobre el cuello de la camiseta.
Él asintió con la cabeza.
—Pues vamos a tu coche, que te indicamos dónde llevarlo —dijo y después hizo un gesto de apremio con la mano.
El Holandés caminó delante y ellos iban detrás mirando a su alrededor vigilantes. Montaron en el vehículo. El chico moreno, mientras se sentaba de copiloto, sacó de la cintura del pantalón una pistola para evitar clavársela. El jubilado, puso en marcha el vehículo y siguió las indicaciones que le daban.
Llegaron a una puerta de madera de color verde botella desgastada y llena de grafitis de diferentes colores. Encima, a modo de cartel, había una lápida donde figuraba el nombre de “La Ceramo”. A ambos lados de ella se extendían dos largos muros con techos de teja. El chico rubio bajó rápidamente para abrirla y cerrarla en cuanto entrasen. Luego condujo despacio por el patio interior hasta entrar en una sala muy grande donde esperaban otras tres personas. Allí le dieron un golpe en el techo del vehículo. Paró y apagó el motor.

Continuará…

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