El Holandés (Parte II)

EL HOLANDÉS
Parte II

El chico moreno salió del coche y desapareció de la ruinosa sala. El jubilado bajó despacio con las llaves de la mano. Los tres hombres que rodeaban el vehículo vestían sendos trajes de mono gris, parecían recién sacados de un taller, impregnados de grasa y suciedad. Eran flacos y de piel morena, le parecían hermanos. No eran los mecánicos de siempre.
—Dame la llave del maletero —ordenó uno de ellos mientras se acercaba a él.
Le dejó caer el llavero sobre sus alargadas y negruzcas manos.
—El jefe te está esperando en la sala del fondo, al otro lado del patio —dijo y tiró las llaves a uno de los hombres que se había puesto en la parte trasera del vehículo.
El Holandés asintió con la cabeza y se giró para ver como lo abrían. Le dieron una bolsa de deportes que había dentro, levantaron la alfombrilla y quitaron la tapa que ocultaba la rueda de repuesto. Sacaron el neumático y empezaron a cortar la chapa. Tenían que llegar hasta el depósito de la gasolina, el que estaba trucado, para coger la droga.
Cogió la bolsa y fue donde le dijeron. Antes pasó por una sala llena de tornos antiguos. Después volvió a cruzar por el patio en el que existían una serie de fosos consecutivos, donde se debió procesar barro, para llegar a la última de todas. Entró por un marco sin puerta y pudo ver que estaba parcialmente decorada con viejas cerámicas. Al final de la misma había una mesa con dos sillas y una persona sentada en un gran sillón. Junto a él, estaba de pie otro hombre. Toda la estructura rodeada de polvo y su abandono contrastaba con aquella especie de despacho.
Se acercó despacio según pisaba el suelo de azulejos cubierto por tierra fina de un color marrón tabaco. El hombre bien peinado y rollizo con los ojos pequeños, que estaba sentado frente a él, le mandó sentar con un gesto con la mano. Vestía con una camisa de rayas con manga larga y los puños recogidos. Tenía los cuatro primeros botones desabrochados. A través del hueco de la mesa se le podían ver las piernas como alfileres, porque llevaba un pantalón corto de verano. Tenía unos cuarenta años y le dijo:
Holandés, te echábamos de menos —sonrió y sacó del cajón una pistola para ponerla encima de la mesa.
El otro hombre, como sacado de un gimnasio, empezó a moverse hacia él.
—Sobre todo los nuevos mecánicos—respondió el jubilado al sentarse y, mientras dejaba la bolsa en el suelo, siguió con la mirada al hombre que se le acercaba—. A mí edad se cogen varios catarros al año.
—Los otros hablaron demasiado —repuso e hizo girar el arma en la madera.
El hombre corpulento se detuvo a su lado y se agachó para coger la bolsa. La abrió y revolvió. Miró a su jefe para negar con la cabeza. Después la dejó caer al suelo. Se puso delante del jubilado le agarró por la solapa y le puso de pie, para cachearle de arriba a abajo, por delante y por detrás hasta las rodillas.
—Jefe, está limpio. Ni micros y ni armas —informó y se fue para ponerse a su lado otra vez.
El Holandés se sentó y sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa. Hizo una seña para coger el mechero del pantalón. El hombre rollizo le dio permiso. Seguidamente se encendió el pitillo.
—Nos dieron el chivatazo de que teníamos gente jodiéndonos desde dentro—movió la cabeza negando—. Los mecánicos querían más, así que les convencimos de lo contrario. Y tú, ¿también quieres más?
Al jubilado se le cayó el cigarro mientras el gordonchón le miraba desafiante con cercos de sudor por toda su camisa. El otro hombre sonrió levemente.
Se agachó a coger el pitillo. En ese momento empezaron a sonar las sirenas de la policía. El jefe, desconcertado, miró a su súbdito. Este, mientras se encogía de hombros, recibió un tiro de El Holandés en toda la cabeza, con la pistola que tenía escondida en el tobillo. La sangre le saltó en toda la cara a su jefe.
—¡Traidor! —gritó y le miró tras coger el arma del escritorio.
El jubilado se tiró al suelo y disparó varias veces por debajo de la mesa, y agujereó la inmensa panza de aquel hombre como si fuera un queso gruyer.

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