El Mirador I

EL MIRADOR

Parte I

Febrero de 1939. El edificio de la tabacalera de Santander fue convertido en cárcel por el bando nacional. Había más de tres mil quinientos presos republicanos hacinados. Sólo existía una manera de evitar el exceso de personas.

Un sargento entró en una celda repleta de presidiarios. Siempre que decía un nombre, la persona que le acompañaba jamás regresaba.

—¡Mariano Guzmán!

Nadie respondió, pero todos sabían quién era.

—¡Mariano Guzmán!

Se miraron entre ellos y callaron.

—¡Quién es Mariano Guzmán!

Continuaron en silencio evitando las miradas. Aumentó la tensión. El sargento sacó la pistola de su funda y apuntó a uno de los presos que tenía cerca, que no era Mariano.

—¡Eres tú Mariano Guzmán! —gritó esputando saliva al hablar, mientras le engatillaba con la pistola en la sien.

—¡No, es ese!—respondió señalando a otro preso que tenía al lado.

El sargento miró a quien señalaba y éste, a su vez, negó con la cabeza señalando a otro y ese otro, al mismo tiempo, a otro y así sucesivamente entre ellos. Desconcertado el sargento miró al que encañonaba.

—Mala suerte, te toco a ti.

Se escuchó el click del retroceso de martillo de la pistola y de repente se oyó gritar:

—¡Soy yo Mariano Guzmán! —exclamó con un brazo en alto mientras sus compañeros de celda le hacían un pasillo humano.

El sargento esperó a que llegase hasta él y le agarró por la pechera para empujarlo hacia la puerta de barrotes marrones oxidados.

Salió cabizbajo, como un perdedor. Caminó a base de empujones por aquellos pasillos sucios, fríos y tenues. Le condujeron hasta salir a una de las calles interiores de la tabacalera que solía hacer las veces de patio. Allí esperaba un camión del ejército lleno de presos y rodeado de militares, en una noche gélida cercada por los faros de los vehículos. Le mandaron subir y cerraron el portón trasero.

—¡Ya están todos!

El conductor miró por el retrovisor como el sargento le hacía una señal con el brazo e inició la marcha escoltado por varios coches militares.

Todos callaron. El silencio se adueñó de la única verdad. Los rostros desencajados y las miradas abatidas eran el reflejo del último miedo. Algún llanto entrecortado se ahogó en el camino.

Mariano dedicó el trayecto a su recuerdo. Cómo la conoció el pasado verano. Él, un humilde panadero de Santillana del Mar, y ella una clienta muy especial. Estaba a punto de huir por los Pirineos a Francia, porque más pronto que tarde lo denunciarían por republicano, aunque hasta entonces fingiese lo contrario. Se enamoró de Berta desde el día que entró por primera vez en la panadería. Aquella belleza rubia, de largos tirabuzones, de ojos claros, remarcados labios rojos carnosos y cuerpo esculturalmente griego de piel blanca y sedosa, que le perturbó la existencia.

Todo empezó con el roce de sus manos cuando le entregaba el pan cada mañana, y cómo jugaban con las miradas tímidas y expectantes de ella, y las curiosas y excitadas de él. A partir de la segunda semana, ella comenzó a ir también por todas las tardes a comprar sobaos o bollitos de leche que almacenaba en la despensa. Al final, un día por la mañana al recoger el pan, Mariano puso en la palma de Berta una nota con disimulo, que ella tras morderse el labio inferior salió inquieta y apresurada para leerla: “Te espero cuando caiga el sol en la Torre de San Telmo”. Él se había informado de que su anciano marido no pasaría la noche en casa.

Ese lugar en Ubiarco, al lado de Santillana, se convertiría en su mirador. En esa época, la Torre pasó de ser una atalaya a un paredón de piedra. Estaba sobre un acantilado junto a la playa de Santa Justa. Solo quedaba de todo ello dos paredes que formaban un ángulo de noventa grados, cada una con un hueco de una ventana. Las vistas eran espectaculares, un observatorio del mar. Sirvió de referencia para los navíos y de guarida de defensa. Para ellos sería su refugio.

 

Continuará…

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