El Mirador II

EL MIRADOR
Parte II

Una noche de ese verano, después de hacer el amor, Berta enredada en su cuerpo, le dijo:
—Cariño, debes irte a Francia como tenías pensado cuando nos conocimos.
Él separó la cabeza de Berta de su pecho para mirarla de cerca en la oscuridad.
—Sólo si tú vienes conmigo.
—Sabes que eso es imposible —respondió y bajó el rostro.
Mariano se lo alzó suavemente con las dos manos.
—Pues me quedaré. Prefiero aferrarme a este presente contigo que a un futuro sin ti.
Berta le besó las manos para luego decirle:
—Todo está perdido—suspiró y continuó—. Tienes la libertad a dos pasos, debes irte sino te quedarás sin nada, y te prefiero vivo lejos, pero vivo, antes que aquí muerto.
Después, un largo beso sirvió para no oír las palabras que nos hacen tanto daño.
A la semana siguiente, unos militares enviados desde Santander apresaron a Mariano.

Al cabo de treinta minutos, el camión se detuvo sin parar el motor en la carretera antes de entrar en Santillana del Mar. Un teniente se acercó escoltado por dos soldados que ordenaron que bajase, únicamente, Mariano Guzmán. Después le esposaron con una cuerda en las muñecas y lo asieron por los brazos para meterlo dentro de uno de los tres coches que esperaban. Antes de arrancar los vehículos le vendaron los ojos con un pañuelo negro.
Pasaron cinco minutos más hasta que el coche se volvió a detener para abrir su puerta y le obligaron a bajar. El frio le golpeó en el pecho. Caminó cien pasos cuesta arriba guiado por uno de los militares. Sólo se oían las pisadas sobre la tierra húmeda y los zapatos al chocar con algún que otro canto. Al final se detuvieron sobre una hierba suave con un fuerte olor a verde que arrastraba un travieso e indomable viento.
En un pico del mirador, al borde del acantilado de la Torre de San Telmo, estaba el padre de Berta, republicano y totalitarista, atado con los brazos a la espalda por una extensa cuerda, que se sujetaba por una cuña de hierro clavada en el suelo. También tenía los ojos vendados y era custodiado por dos soldados. En frente, a veinte metros de él, se encontraba su hija. Ella podía observar todo lo que sucedía a su alrededor pero con la boca tapada y sujeta por dos militares de los brazos. A Mariano lo situaron a diez metros de Berta y a la misma distancia que su padre. Entre los tres formaban un triángulo isósceles frente al mar.
De uno de los dos vehículos que estaban en el paredón de la torre, se bajó un viejo coronel poniéndose un sombrero de piel de oso sobre su pelo canoso. Al cerrar la puerta miró a la mujer con desprecio e hizo una señal a los soldados que estaban junto a Mariano y le quitaron la venda de los ojos. Seguidamente a ella, el pañuelo que le tapaba la boca pero no se atrevió a decir ni una palabra.
—Allí tenéis a un asesino. Alguien que ordenó ejecuciones contra hombres que han luchado por la libertad de todos los españoles—giró el cuello para mirar a sus soldados y continuó—. Pero tendrá su oportunidad. La que no tuvieron los nuestros.
Hizo un gesto para que desataran a los amantes.
—De vosotros dependerá que viva—les dijo y gritó—. ¡Ahora!
Los soldados empujaron al padre de Berta por el acantilado. Los amantes empezaron a correr y llegaron al precipicio donde el hombre estaba suspendido en el aire gracias al anclaje de la cuerda. Comenzaron a tirar del cordel entre los dos para subirle, pero en ese momento uno de los soldados quitó la cuña que la sujetaba. Las manos no pudieron aguantar debido al roce agresivo del nylon y el cuerpo cayó contra las piedras para ser engullido por las oscuras olas del mar.
Los amantes se giraron en busca del responsable, pero solo encontraron a cuatro soldados encañonándoles.
Después un eco roto de fusiles lo enmudeció todo.
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