El primer amor a España

El nombre de nuestra asociación “Hispania Nostra”, es un nombre indicativo de amor a España, su título, “España Nuestra” en español, es una muestra de cariño y afecto indudables hacia ella, pues la reconocemos nuestra. Es esta una denominación que indica pertenencia y asociación entre ella y nosotros. Y por eso nos preocupamos especialmente de la situación y estado de su Patrimonio Histórico-Artístico, que está formado por monumentos diversos, edificios, palacios, catedrales, iglesias, pinturas y esculturas. A este conjunto hay que añadir el Patrimonio Inmaterial en sus diferentes acepciones, que cada vez despierta más interés y preocupación demostrando con ello una mayor sensibilidad social ante la naturaleza y la historia del país. Todo ello configura un conjunto artístico de extraordinario valor y contenido que hace de él seguramente el segundo del mundo, tras el italiano. Por supuesto, este patrimonio excepcional no agota las posibilidades artísticas españolas pues habrá que tener en cuenta también las llamadas artes dinámicas como son la literatura, la música, la danza, el teatro y el cine.

Pues bien, en tiempos tan difíciles e inciertos como los actuales les voy hablar de otros tiempos también problemáticos ¡cómo serían en verdad, dado que recién había caído el Imperio Romano de Occidente! Sin embargo, en aquéllos había esperanza y se trabajaba para hacerla realidad. Me estoy refiriendo a las centurias del Reino Visigodo de Toledo y más exactamente al periodo que va desde el III Concilio de Toledo en el año 589 hasta la muerte de San Isidoro de Sevilla en el 636. En este periodo se habían producido la unidad territorial de toda Hispania o Spania, la fusión de la población hispanorromana con la visigoda para formar una sola sociedad y también la unidad religiosa de ésta última bajo el catolicismo romano. Hispania/Spania había nacido con estos mimbres en esos años. Era el momento del nacimiento de la primera nación de Europa con un nuevo estado en sentido moderno, tras el derrumbe del Imperio Romano. ¿Quién estaba detrás de esta renovación histórica y política tan formidable? La respuesta es clara, la causa fundamental fue la asociación del poder de los reyes visigodos de Toledo con la “intelligentzia” de entonces, es decir, con los ilustres varones hispánicos. Entre los primeros se encontraban reyes como Leovigildo, Recaredo, Gundemaro, Sisebuto-el rey intelectual-,  Suintila y Sisenando. Por el otro lado, estaban pensadores como Juan de Bíclaro, Martín Dumiense, Leandro de Sevilla, Braulio de Zaragoza y, por supuesto, el gran Isidoro de Sevilla, entre otros muchos presentes en aquellos siglos; generalmente muchos de ellos fueron obispos con grandes responsabilidades en los Concilios de Toledo, que se celebraban en la capital del Reino convocados por los reyes y donde se dirimían tanto temas religiosos como políticos. Así, el importantísimo III Concilio de Toledo (año 589), que fue promovido por San Leandro, reinando Recaredo y el IV Concilio toledano (633), que fue presidido por San Isidoro reinando Sisenando.

Es San Isidoro el enamorado de España del que yo les quería hablar. Éste era hijo de un hispanorromano, Severiano, y previsiblemente de una mujer visigoda, con la que ambos constituyeron una familia católica y de fuerte patriotismo hispanogótico.  Fue Isidoro historiador, político y teólogo. En sus obras reunió todo el conocimiento de su tiempo a través de diferentes tratados: “La Crónica del Mundo” (historia universal y de España), “El libro de los varones ilustres”, “Las Etimologías, que es su obra magna y en la que muestra su saber enciclopédico; una obra que influyó en Europa durante toda la Edad Media, y por último, “La Historia de los Godos, Vándalos y Suevos”, que supone la primera Historia Nacional de España y en donde aparece su famosa “De Laude Hispaniae/Spaniae”, es decir, su “Alabanza de España”, que comienza así:

Tú eres, oh España, sagrada y madre siempre feliz de príncipes y de pueblos, la más hermosa de todas las tierras que se extienden desde el Occidente hasta la India. Tú, por derecho, eres ahora la reina de todas las provincias, de quien reciben prestadas sus luces no sólo el ocaso, sino también el Oriente…

De forma que va realizando en su “Laus Hispaniae” un panegírico del origen de Hispania, de su paisanaje hispanorromano y visigodo, de su bello paisaje: de sus bosques, tierras y ríos, de su clima feliz y de sus abundantes riquezas y producciones terrestres y marinas, de sus ganados y briosos corceles. En definitiva, exalta desde los valores ancestrales del tiempo de la áurea Roma a la presente grandeza de los godos, que aumentarán todavía más la magnificencia de tan excelso pasado. No cabe duda de que es la luz del patriotismo de San Isidoro la que ilumina sus sentimientos amorosos hacia su nación, hacia Spania. Y siendo cierto que todo amante se define por las cualidades del objeto de su amor, nos podemos preguntar ¿Era así aquella Hispania? Así sería, porque de ella no se quiso cambiar ni el nombre. Se siguió llamando Hispania/Spania, y no Gotia, como pensó llamarla el rey Ataúlfo cuando llegó con su esposa Gala Placidia, hija del emperador hispanorromano Teodosio el Grande, a la ciudad de Barcino –la primitiva Barcelona- en el 415.

En efecto, Roma dejó a Hispania con una economía organizada. Mejoró las ciudades existentes con servicios sanitarios de aguas y termas. Diseñó nuevos modelos de ciudad con sólidos edificios, teatros, anfiteatros y todo tipo de espectáculos, Mérida, por ejemplo. También estableció una potente red de infraestructuras: calzadas, puentes, acueductos, puertos marítimos y torres de vigilancia. También desarrolló una agricultura con una explotación sistemática de tierras y creó una campiña habitada de grandes latifundios, etc. Y sobre todo impuso un espíritu de libertad en las costumbres y apoyó el crecimiento de unas élites cultivadas conocedoras del arte y el lujo y, por tanto, creó una base social importante de artesanos conocedores de sus oficios. Si sobres estas bases hispanorromanas se añade la sociedad visigoda con su empuje personal, militar y político, y también con su arte, que se manifestó en sus iglesias rurales y monacales, sus basílicas, en donde se impone el arco de herradura, surgiendo templos como San Juan de Baños, San Fructuoso de Montelíos, Melque, San Pedro de la Nave, Santa María de Quintanilla de las Viñas, etcétera; asimismo hay que señalar también que levantó ciudades como Recópolis y fortificaciones y castros por toda España; resaltemos de igual forma su delicado arte de la orfebrería y la sensibilidad de sus orfebres y escultores, practicantes estos últimos una labra maravillosa en los muros de los templos y palacios, y también en sus necrópolis. En definitiva, la fusión de ambas sociedades en todos los órdenes garantizaba el éxito para la nueva entidad política que nacía por entonces.

Ante esta situación nueva fue a Isidoro de Sevilla al que le correspondió constituirse en el enamorado impulsor de esa realidad innovadora en lo sociopolítico, en lo espiritual y en lo intelectual. Él era el hombre indicado: un sabio enciclopédico, un pastor de pueblos, un consejero de reyes y un hombre de bien. Con estas cualidades no es extrañar que fuera admirado en toda Europa como intelectual, como sabio multifacético y como santo. Él permitió que el saber de la antigüedad clásica pasara a toda Europa a través de las múltiples copias de sus obras, que llegaron desde Spania a los diferentes monasterios y centros intelectuales y políticos europeos. Con él, “España fue el laboratorio de la nueva sociedad cristiana altomedieval”, como ha señalado Dom Santiago Cantera. También ha sido así reconocido por el historiador francés J. Fontaine como el “fundador del Occidente medieval” y por el Prof. Luis Suárez como “fundador de la cultura europea”, entre otras muchas consideraciones de reconocimiento. Su influencia fue enorme durante la Edad Media y su labor reconocida a lo largo de los siglos. La Iglesia Católica lo declaró Santo y le nombró Padre y Doctor de la Iglesia.

Fue el último de los Padres de Iglesia pues falleció en el 636, pero a su vez es hoy el Santo Patrón de una realidad muy moderna y de total actualidad, una realidad global donde los hombres y mujeres acuden a buscar información y mundos nuevos. San Isidoro de Sevilla es desde hace poco tiempo Patrón de Internet. Juan Pablo II lo propuso para este patronazgo por su condición de hombre de conocimientos globales. San Isidoro representa la antigua sabiduría que recibe el reconocimiento de la más absoluta modernidad. Sería bueno que este hecho fuera más conocido.