Eremita accidental sube a las Cuevas Menudas.

Según el itinerario Antonino, una suerte de guía de calzadas del imperio, distaban nueve millas entre la localidad romana de Lancia y la Legio VI Gemina, que ha dado nombre a nuestro León. Tierra de campos de cereal, ancha y desnuda, sobresale en ella una formación de roca arenisca con pequeñas oquedades. Las Cuevas Menudas se llaman, y son diecisiete espacios excavados por el hombre a setenta metros del suelo, con una panorámica sin obstáculo sobre el campo infinito. Por ahí también las llaman la Tebaida de Lancia, denominación algo pomposa que hace referencia a la provincia del Alto Egipto conocida por sus anacoretas coptos en los primeros siglos del cristianismo. El nombre sí le hace justicia en cuanto las cuevas parece ser fueron lugares de retiro de eremitas en periodo altomedieval. De difícil acceso, resultaban idóneas para escapar de la persecución, del mundanal ruido o de la persecución del mundanal ruido que, a muchos de nosotros, urbanitas etimológicos, nos absorbe, nos seduce y, quizás, nos esclaviza. Por lo visto, aquellos hombres se encaramaron a ese pintoresco paisaje de cuevecitas, algunas muy pequeñas, y otras mucho más grandes, (en las que se hacía vida comunal), con el firme propósito de estar más cerca de dios y de sí mismos. Quién sabe por qué motivo dejaron grabadas en las paredes, además de cruces, petroglifos de animales y figuras humanas. Esto último lo sabemos porque los primeros estudios de campo, allá por 1920, así lo registraron, ya que hoy, la mayoría de esos grafitos ha desaparecido. La publicación de aquel primer estudio, que mostraba similitudes entre los dibujos de las Cuevas Menudas y otros del periodo paleolítico (Cueva de la Pasiega, Altamira, Atapuerca, etc.), llevó a dar por sentado que las cuevas eran prehistóricas. Aparente error de brocha gorda que agilizó su reconocimiento como BIC, algo que, como sucede a menudo, no sirvió para evitar su paulatina degradación. Sumemos al vandalismo, más infrecuente por el difícil acceso, la implacable meteorización por el clima leonés. Un estudio publicado hace menos de una década afirma que las cuevas, de neolíticas nada, y sí claramente medievales, con muescas en la piedra para carpintería (¿puertas y ventanas?) silos, quizás enterramientos y unas letras A, grabadas como dios mandaba hacerlo entre los siglos V y XI. Más claro que el agua. En 2019 la Junta aprobó el proyecto de conservación y visibilización de estas antiguas residencias de pecadores. Los turistas podrán asomarse por fin, sin riesgo de despeñarse, a la velada intimidad de aquellos misteriosos monjes que querían estar tranquilos. 

Las Cuevas Menudas están en la Lista Roja desde el 4 de marzo de 2014. ¿Cuándo engrosarán la Lista Verde?

Foto de la derecha: https://lamiradadelrenubero.wordpress.com/

Foto de la izquierda: Vanessa Jimeno Guerra

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