Et in Zamarilla ego

Quizás exista una suerte de belleza en el abandono. En él podemos imaginar la reconstrucción de un pasado que no volverá, teñir de melancolía cada piedra, recuperar la memoria de gentes que ya no están. A veces las ruinas son maravillosas y nadie con la suficiente sensibilidad desearía su recuperación (recordar la reconstrucción del teatro romano de Sagunto nos pone los pelos como escarpias).  El quid es que el abandono conduce a la desaparición y, cuando esta se produce, déjate de romanticismos y paisajes dignos del pincel de Caspar David Friedrich. Si no queda nada, mucho menos jóvenes imberbes o barbudos (como se lleva ahora) escribiendo poesía encaramados a sus muros.  Las ruinas hay que protegerlas, aunque sean ruinas, para que sigan siéndolo durante muchos años. Sí, porque a menudo son maravillosas (nos repetimos). Todo esto se nos ocurre a raíz del despoblado y palacios de Zamarrilla, que es como denomina nuestra Lista Roja toda una aldea abandonada a escasos veinte kilómetros de Cáceres. El sitio tiene un poco de todo, su casa fuerte, sus palacios, su iglesia, porque esta villa, nacida al calor de la reconquista cristiana de la capital de Extremadura (siglo XIII), debió tener su importancia durante bastantes siglos. Así lo atestigua la buena calidad de la cantería de muchos de sus edificios de piedra, con sus orgullosos blasones de los Ovando y otras familias de rancio abolengo. El paraje es, a tenor de las imágenes, de una belleza extraordinaria, con sus ruinas diseminadas por aquí y por allá, sobre el marco verde de la campiña extremeña. Y es que parece mentira lo verde que puede ser Extremadura, caramba, con paisajes que no envidiarían las tierras altas de Escocia. Para los interesados en el legado artístico hay cositas reseñables: una iglesia con una bonita galería de arcos escarzanos y un ábside de buena sillería y bóveda de plementos, amén de algunos imponentes caserones de recia mampostería. Verdad es que el ábside es hoy improvisado basurero y que un tractor duerme a veces bajo el moderno techo de uralita de la nave. Pero podría ser peor seguramente. Además, las propiedades son privadas y carecen de protección, y la iglesia está desacralizada (será por la cantidad de iglesias que son hoy bares, restaurantes y Zaras por todo el país). El lugar, que se levanta sobre un altozano, cuenta con una charca o humedal a escasos metros, abrevadero para la ganadería extensiva. Las puestas de sol sobre la lámina azul verdosa deben ser inefables. Si además encontramos caballos blancos pastando a sus anchas entre los edificios centenarios (como se aprecia en el artículo de Víctor Gibello) apaga y vámonos a la Arcadia feliz de Zamarrilla. 

El despoblado y palacios de Zamarrilla está en la Lista Roja desde el 16 de noviembre de 2014, ¿cuándo engrosará la Lista Verde?

Fotos: Víctor Gibello Bravo

 

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