Fundación Santa María de Albarracín: la restauración integral de la Ermita del Carmen

La ermita del Carmen es un significativo monumento, del siglo XVIII,  que se ubica aislado del conjunto monumental de Albarracín, formando parte intrínseca del espectacular paisaje de su entorno. Se acaba de restaurar en su integridad, en dos fases de intervención, correspondiente a dos anualidades sucesivas. Mientras en el ejercicio 2017 se aborda su restauración arquitectónica exterior, en esta anualidad se ha concluido su intervención interior, recuperando la espectacularidad colorista que seguro tuvo en origen.

Se ha restaurado su policromía interior, dejando en superficie la impresionante decoración que tuvo en el siglo XVIII, en sintonía con la fisonomía general de la ermita.

El óculo que corona la puerta de acceso fue cerrado en su abocinamiento interno, de manera que pudo ser anterior a la decoración que preside el ámbito interior, aunque se encuentra también circundado con una banda de intenso añil, semejante al confuso elemento decorativo que preside el techo de este espacio de entrada. La rotulación del Ave María que pudo tener en su día, es la que se reprodujo reiteradamente en su cerramiento total. Los tonos de la moldura, así como la greca superior  del paramento, son pequeñas decoraciones complementarias, como el zócalo grisáceo de la sacristía  posterior.

En el atrio se han restaurado las huellas decorativas indicadas, pero también se ha repuesto en su totalidad el yeso de sus paramentos interiores, se han consolidado las bancadas laterales y se ha parcheado su solado de rodeno, que se presentaba con importantes lagunas entre grandes losas desgastadas de arenisca roja. El suelo inmediato de acceso se ha encachado totalmente con pequeños bloques calizos, afianzando también los muro bajos que le limitan.

Por último, la sacristía se ha vuelto a lucir, parcheando las grandes lagunas originadas por las humedades, y reproduciéndose el sencillo zócalo que existió. Se han limpiado los muebles y las carpinterías, aunque se ha tenido que reponer la única ventana abierta en la nave, restaurado también la puerta de acceso al edificio.

Esta ermita constituye un formidable mirador hacia la ciudad. Los cuatrocientos metros escasos de acceso a través de una pequeña senda permiten disfrutar de la trasera colgada del caserío, entre los dos cañones ameandrados que configura el río Guadalaviar, cuyos desfiladeros atienden la singularidad principal de la agreste naturaleza que define a este impactante paisaje. Este contraste natural, armoniza sin estridencias con el caserío elevado de Albarracín, siempre cerrado por la muralla y presidido por la alcazaba principal, sobre un peñasco rocoso, y por su catedral-palacio en el centro del conjunto. Desde luego que esta imagen deja huella.

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