La Boda

LA BODA

 

Aquel día ventoso de mayo los rayos de sol atravesaban el enorme ventanal de la habitación de Paty, en el chalet que su padre tenía a las afueras de Salamanca. Una vez que se fue la peluquera, se pintó la cara. No le gustaba que nadie la maquillase. Unos minutos más tarde se observaba de pie y descalza frente al espejo del armario. Se puso el traje de novia de color marfil. Los hombros y brazos iban tapados con un tejido de gasa transparente con pequeños bordados. El escote en “V” y el corpiño resaltaban su busto. En la espalda tenía una cremallera de botones que no se podía abrochar sola. La cola que arrastraba era discreta. Pensaba que las excesivamente largas eran de gente hortera.

Se miró al espejo y cogió los lados del vestido para estirar los brazos y girar sobre sí misma, como un tiovivo. Dio un par de vueltas. Paró, volvió a mirarse y empezó a reír.

Llamaron a la puerta. Ella excitada, se tapó la boca.

—Paty, cariño. ¿Se puede? —dijo su padre.

Su rostro se endureció. Bajó los brazos y se quedó con la mirada fija en el espejo.

—Puedes pasar —respondió resignada.

Él abrió la puerta y entró. Su mirada revelaba culpabilidad. Se acercó hasta ponerse por detrás de su hija. Vestía un chaqué negro con camisa blanca y corbata roja.

—Estás preciosa —afirmó con un tono de voz dulce mientras le abrochaba la cremallera—. Pero, si tienes un arañazo en el hombro derecho.

—No es nada. Me rocé con la pared de la cochera.

Ella le observó en el espejo. Y pensó que se tenía que casar con alguien a quien no quería, pero tenía que hacerlo por él. Aunque anoche su novio, borracho, abusase de ella en el garaje de aquella misma casa impregnado a ese repulsivo olor a metal rodeados de herramientas. Todo esto para que le condonaran las grandes deudas que tenía con la familia de ese mísero chico.

—Sonríe, hazlo por mí, Paty —rogó con una mueca y terminó de abotonar el vestido.

Hubo un silencio largo e incómodo.

—¿Qué más quieres que haga por ti? —se giró, preguntándole con los ojos entre abiertos.

Su padre dio un paso atrás y enmudeció.

Después de un pulso de miradas, ella sonrió y emitió una pequeña carcajada. Él relajó su rostro y fingió felicidad hasta que sonó el teléfono.

Miró la pantalla del móvil, y dijo que era su futuro suegro.

—Dígame, Don Carlos.

Paty vio como el semblante de su padre empalidecía, hasta que dijo:

—¿Y qué podemos hacer? Solo falta una hora para el enlace. En escasos minutos íbamos a salir a la iglesia de San Miguel Arcángel, a Tirados de la Vega  —objetó mientras se pasaba la mano desde la frente hasta la coronilla por toda su calva. Escuchó y a los pocos segundos colgó.

—¿Qué sucede? —preguntó ella.

—Que tu novio no aparece —respondió con la mirada puesta en el teléfono.

Volvió a mirar a su hija y salió nervioso de la habitación. Era de extrema necesidad que la boda se celebrase. Que ese chico apareciese.

Ella inspiró profundo y exhaló fuerte sentándose encima de la cama. Observó que el reloj de su mesilla de noche marcaba las once y diez minutos. Habitualmente, sobre esa hora, todos los sábados se oía siempre la sirena del camión de la basura al otro lado de la tapia del chalet.

Se colocó una mano encima de la otra muñeca, en la que tenía un corte alargado, y notó que las pulsaciones traspasaban el tejido de gasa bordado que cubría sus brazos y lo manchaba de sangre.

De repente se oyó el pitido chillón del vehículo recolector avisando que entraba marcha atrás en el callejón, a por las bolsas llenas de desechos y despojos.

Paty se apoyó en la ventana para ver cómo descargaban los contenedores y machacaban lo que contenían en su interior. El corazón le latía tan fuerte y rápido que le costaba respirar.

Al terminar, el chico que iba en la parte trasera del vehículo hizo una señal. Ella se tapó los ojos.

El ruido de la máquina cesó. Paty retiró sus manos muy despacio de la cara, y pudo ver cómo la basura que habían anclado a su vida, ya nadie la podría encontrar.

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