La caza

LA CAZA

 

Julián dejó la escopeta de caza a Lara. Él se había enamorado de ella en tan solo un par de semanas en las proximidades del Palacio de los Marqueses de Águilafuente, ruinoso y olvidado por todos, menos por él.

Era una mañana clara de otoño. La luz fría y limpia de finales de octubre lo cubría todo. El color rojo inundaba las laderas habitadas por una multitud de viñedos que anunciaban su letargo. Las hojas marrones y amarillas caídas de los árboles correteaban por los suelos de tierra parduzca. Los chopos aleteaban sus brazos al son del viento, que silbaba sus primeros fríos mientras hacía que el ambiente fuese puro e inmaculado, y dejase de pesar como en verano. Como el último verano, que Lara dejó atrás, Julián había olvidado y Ricardo, el hermano menor de este, ni recordaba.

Junto a las cepas, se expandía un mar de pinares y, cruzándolo a modo de serpiente, un inocente río traslúcido custodiado por verdes y musgosas orillas. Su agua corría veloz entre las grises piedras provocando un inmenso sosiego. Todo lo que les rodeaba era reconfortante: el cantar de los pájaros, el movimiento furtivo entre las zarzas de  animales, los aromas a resina, a pino, a tomillo, a campo. Se podía ver como el rocío de la mañana se deslizaba sobre las hojas de las plantas arqueadas. Las suaves pisadas en la arena de los caminos, se sumaban a la sensación del placer de flotar sobre las miles de acículas marrones caídas de los pinos.

—Los corzos suelen andar por aquí a estas primeras horas de la mañana —dijo Julián a Lara susurrándole al oído, mientras ella observaba por la mirilla de la escopeta a su alrededor.

Allí, a cien metros, Lara veía a Ricardo con sus dos canes. La perra olisqueaba despacio en busca de un rastro, mientras que el perro más joven y blanco no se movía. El hermano de Julián, más alto y fuerte que él pero menos astuto, le puso un bozal, para que no espantara alguna posible pieza con sus ladridos, y cogió la correa para golpear al animal repetidas veces con una furia injustificada. Sus ojos oscuros, de mirada reservada cuando le conoció, estaban envenenados de rabia. Le dio tan intensamente que Lara pudo ver como se hacía daño en la muñeca. A continuación, le pegó dos  patadas en el hocico hasta que el pobre perro cayó al suelo. Ella retiró la mirada y levantó la escopeta hacia el cielo para sujetarla en el antebrazo. Sigilosa, se giró y miró a Julián pidiéndole una explicación. Él se encogió de hombros y, con una sonrisa, dijo en voz baja:

—Así es como aprenden los animales.

Ella torció el gesto y respondió:

—No lo creo.

—Es como nos enseñaron a adiestrarlos—dijo autoritario—. No dejamos de ser furtivos.

El silencio fue largo e incómodo. Lara le miró de arriba abajo indignada. Ese chico de mediana estatura, cuerpo grácil y pelo castaño, que deseaba acostarse con ella, escondía tras su rostro angelical de ojos azules un mundo cruel y tirano. Pensó que tal vez todo tendría que acabar ese día, pero decidió dedicarle una tímida sonrisa.

—Eres preciosa cuando sonríes — dijo Julián y la besó en la mejilla.

Ella volvió a girarse hacia Ricardo y puso su ojo izquierdo en la mira telescópica, a la vez que apoyaba el arma en el hombro y ponía el dedo en el gatillo con su mano zurda.

—Qué, ¿ves algún corzo?

—Creo que algo se mueve detrás del matorral donde ha dejado tu hermano suelta a la perra.

Julián se encontraba situado a la izquierda de Lara.

—Muy bien. Sigue concentrada con la mirada—habló pausado—. Respira profundo y suave mientras relajas las pulsaciones. Cuando mi hermano ahuyente al corzo y nos lo eche hacia nosotros, después de que se quite de la zona de tiro, disparas.

A Lara se le empezó a acelerar el corazón. Sabía que iba a disparar. Comenzó a recordar el pasado verano y se acordó de su padre, de cómo corría por estos pinares, lo feliz que era cuando paseaba por ellos.

—No pierdas la concentración. Respira como te enseñé ayer —le susurró Julián tan cerca del oído que notaba su aliento caliente.

Ella sintió asco, pero continuó quieta mientras apretaba cada vez más fuerte las mandíbulas. Vio como Ricardo se movía enérgico tras la perra. Lara le siguió con la mirilla. Tenía ganas de llorar de rabia e impotencia cuanto más recordaba a su padre. Las manos se le helaron. El cuerpo se puso a temblar tímidamente y sus respiraciones nasales imitaban el sonido del viento.

El corzo no apareció y el sonido de un cartucho de la escopeta rompió la paz del campo. Ricardo cayó al suelo desplomado. Julián se quedó paralizado, incrédulo, sin entender lo que acababa de pasar. Lara le dio con la culata de madera de la escopeta en la nariz, partiéndosela y haciéndole perder el sentido. Cayó boca arriba con ella ensangrentada. Lara corrió hasta Ricardo quién se apretaba las manos contra el estómago.

—¡Me has dado, cacho puta!

Ella le apuntó a la cara y disparó. La perra huyó.

Después sacó del bolsillo otros dos cartuchos y cargó la escopeta para dirigirse a Julián que aturdido se intentaba incorporar. En escasos segundos y con pie firme, Lara llegó frente a él, que se encontraba de rodillas palpándose la nariz con las manos cubiertas de sangre.

—¡Estás loca! —gritó con la mirada encolerizada.

Ella sacó del bolsillo de la cazadora un recorte de periódico y se lo tiró. Él lo cogió y pudo leer:”Hallado muerto un hombre mientras corría al ser disparado por cazadores furtivos”

Él levantó la cabeza hacia ella y Lara disparó dos veces sobre la cara de Julián.

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