La lepra y mis alumnos

Viajando por la Lista Roja, repleta de tesoros desconocidos, hemos topado con el lazareto de Abaño. ¡Lazareto! Nos interesa. En nuestra sección somos mestizos de pura raza y el dolor humano nunca nos es ajeno. La palabra, de origen italiano (lazzaretto) resuena aún con misterio y debió hacerlo con atroz pavor hasta bien entrado el siglo XX. La creencia popular siempre habló del gran poder de contagio de la devastadora lepra, y la gente huía de los malatos, palabra también italiana, con la que se designa a estos enfermos. Del horror de la enfermedad poco sabemos en nuestro Estado de Bienestar, pero si Teresa de Calcuta logró notoriedad universal, antes de entrar en el reservadísimo santoral, fue porque trabajó con leprosos en la India, lo más de lo más del sacrificio humano por el prójimo, suponemos.

Así que en Abaño había un lazareto. En sus inmediaciones, a medio camino de San Vicente de la Barquera, pues, como el terror obliga, estas instalaciones se alejaban de los núcleos urbanos. Lo había construido en 1232 la Orden de los Lacerados malatos de San Lázaro, orden monástica y también de caballería que luchó en las Cruzadas, y hoy por hoy es uno de las escasas leproserías medievales que aguantan en pie, quizás por poco tiempo. 

Desde la carretera lo que se aprecia es una casa montañesa, finca rústica tradicional en Cantabria, invadida de maleza, con su techumbre de tejas haciendo aguas y los balcones y marqueterías de madera despedazados. Hasta aquí un edificio abandonado como cualquier otro del lluvioso norte del país. La verdadera joya de la corona es la capilla gótica del lejano siglo XIII, cuando el lazareto empezó a dar cobijo a los mayores parias de la merindad de Asturias de Santillana. Las merindades eran, por cierto, las divisiones administrativas medievales en Castilla. La capilla es un edificio anexo, propiedad temporal del Ayuntamiento de San Vicente desde 2012, cedido por sus dueños para facilitar su rescate. 

Cuenta con una bóveda de crucería y unos frescos, extraordinarios por su rareza, descubiertos por casualidad en 1998. España tiene estas cosas. Eres arqueólogo vocacional (casi todos lo son, si no, hubieran estudiado ESADE), y profesor de instituto en Cabezón de la Sal, y organizas una visita a la capilla junto a tus alumnos. 

  • ¿Cómo ha ido la excursión Señor Bohigas?       
  • Los chavales se portaron muy bien y, mira tú por dónde, limpiando la pared, que se descascarillaba, parece que hemos encontrado unas pinturas de color rojizo muy antiguas, presumo que del siglo XV.
  • Los chavales estarán encantados, ¿habrán visto Indiana Jones, supongo?

Las pinturas, protegidas por siglos de cal en las paredes del ábside cuadrado son evocadoras, y muestran cruces, ajedrezados en escorzo pero sobre todo dos barcos de la época con su mástil, vergas, jarcias y pabellones al viento. Recuerdo haber leído a algún hispanista, creo que a Hugh Thomas, lamentando lo poco que sabemos de la carabela como embarcación, precisamente por la falta de ilustraciones fidedignas de la época. Los expertos que estudiaron los dos navíos los datan, efectivamente, hacia el final del medioevo. Aunque San Vicente de la Barquera contó con un relativamente importante puerto en la Edad Media, nada puede explicar del todo las pinturas en el pequeño templo para leprosos. ¿Un primitivo exvoto para agradecer un milagro sobre las aguas? Me gustaría pensar que aquellos barcos hicieron volar la imaginación de los enfermos hacia paraísos terrenales donde no existiera el dolor y lepra tuviera cura.    

El Lazareto de Abaño está en la Lista Roja desde el 21 de octubre de 2015. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde?

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