La patria natural de los moriscos

Entre los lugares muy peculiares de nuestra Lista Roja se hayan las huertas históricas del Barranco de la Barbulla. Y en cuanto pensamos en huertas pensamos en moros y en este caso moriscos, quizás los mayores olvidados en nuestra triste historia de unificación religiosa, bautismos bajo coacción y atropellos varios, que condujeron a su expulsión con Felipe III. Los moriscos son los moros que se quedaron después de la conquista de Granada y, en mayor o menor clandestinidad religiosa, se las apañaron para convivir con los cristianos. Los de Valencia conservaron la lengua árabe, que usaban junto al valenciano (a diferencia de los aragoneses y castellanos, que sólo usaban las lenguas vernáculas peninsulares), amén de sus vestimentas, tradiciones y dieta. Gente trabajadora y grandiosos agricultores, los moriscos eran fuente inagotable de prosperidad económica. Solo eso explica su permanencia durante más de un siglo en el reino del “martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma… (sic)”. Y de la laboriosidad de este desgraciado pueblo nos quedan en el montañoso interior de Valencia las terrazas de cultivo del mencionado barranco, testimonio desde hace cuatrocientos años de un modo único de trabajar la tierra y sacar máximo provecho a las aguas del Júcar. A simple vista se aprecia aún la sinuosidad de los bancales y, con espíritu senderista, pueden visitarse las distintas muestras de su saber hidráulico: pozas, albercas, acequias, todo una enciclopedia visual sobre los usos del agua. Que estas gentes, asentadas en nuestra tierra desde hacía siglos tuvieran el plazo de treinta días para abandonar España, tal y como enuncia la famosa Pragmática de 1609, parecería una broma de los Monthy Python si no fuera tan cierto como que varios centenares de miles (la cifra no está clara) fueron expulsados manu militari. La ceguera de los burócratas de palacio fue tan grande, que convirtió el Levante español, una de las zonas más ricas de la Corona, en un erial despoblado durante generaciones. De ello no quisieron darse por enterados los reyes, que sacaron un concurso de pintura en 1627 bajo el honorable tema La expulsión de los moriscos, y que ganó Velázquez, por cierto. El barranco fue también testigo de la lucha desesperada de aquellos que se negaron a acatar su aciago destino. Liderados por un tal Texexí varios centenares o miles se refugiaron en la Muela de Cortes, plataforma que corona el barranco de la Barbulla. A por ellos subieron, entre otras, tropas de los tercios de Lombardía, ahí es nada. Conducidos al puerto del Grao, en Valencia, los penúltimos moriscos del Valle de Ayora fueron embarcados, previo bautismo, muy lejos. Su jefe, capturado cual indio Gerónimo, no corrió la misma suerte. Encerrado en las Torres de Serranos, su cuerpo se libró de las tenazas ardiendo pero no de la horca, decapitación y ensartamiento en una pica, para escarmiento público. Muchos moriscos volvieron a España, a pesar de todo, porque como pone Cervantes en boca del morisco Ricote en plática con Sancho:  “Doquiera que estamos lloramos por España; (…)nacimos en ella y es nuestra patria natural”

Las huertas históricas del Barranco de la Barbulla están en la Lista Roja desde el 6 de julio de 2009. ¿Cuándo engrosarán la Lista Verde?

Foto de la derecha: www.infojucar.com

 

Volver a: