LAS LÁGRIMAS DE LEONARDO

Hacia 1490, Leonardo da Vinci dibujaba el corte de una cebolla y el de una cabeza humana mostrando sus diferentes capas. En la hortaliza, el contenido se correspondía con el continente: al terminar de eliminar todas las capas de la cebolla no quedaba nada. Sin embargo, bajo las capas de piel y los huesos del cráneo se ocultaba el misterio. Georges Didi-Huberman transcribió las líneas que el artista escribiera junto al dibujo de un cráneo: “…el agujero m marca el lugar donde las lágrimas suben del corazón a los ojos de paso por el conducto nasal”. Para Leonardo, los ojos vinculaban el cerebro con el mundo, y también estaban conectados con el corazón. Hoy sabemos que las lágrimas no suben desde el corazón. No obstante, allí nacen. ¿Dónde si no?

Diseccionar cuerpos y estudiar su anatomía de manera científica recuperó una forma de mirar. También permitió comprender que no hay misterios ocultos ni huecos donde albergar el alma. Percibir y representar el mundo desde el arte ha reconocido, siempre, la existencia de un complejo universo que conecta nuestros pensamientos y acciones con el pasado y el futuro. Mirar hacia fuera, a nuestros paisajes, nos sitúa ante el espejo. En momentos inciertos como los presentes, tan necesario es atender a la ciencia como bucear por el canal que -como el de las lágrimas de Leonardo- nos lleva a entendernos a nosotros mismos, como individuos y como sociedades.

Imagen: Leonardo Da Vinci, Cortes de una cebolla y de una cabeza humana. Fuente: Windsor Castel, Royal Collection.

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