Malos ojos I

MALOS OJOS
Parte I

Isabel trabajó de sirvienta para el urólogo del hospital de Mérida. Ella procedía de un pueblo, a pocos kilómetros, llamado Alange. Lugar en el que el régimen de Franco creó un embalse en su proceso de colonización en Extremadura. La criada vivía interna en la casa familiar del médico toda la semana hasta el sábado a mediodía, después marchaba para regresar el lunes a la hora de llevar a los tres hijos del doctor al colegio.
Solía vestir con colores oscuros, habitualmente de negro, y nunca con pantalones. Su pelo castaño rizado siempre lo llevaba recogido. La tez angulosa daba profundidad a las cuencas de sus ojos sombríos. La mirada recelosa existente tras aquellas ojeras transmitía un cierto desasosiego. De piel nívea y cuerpo consumido, con una estatura por encima de la media de las mujeres extremeñas, la dotaba de un halo de frialdad. Cumplía a la perfección con todas las tareas a las que la señora le encomendaba. Isabel callada y reservada, parecía ausente. Era analfabeta pero con un fuerte carácter, que a veces le hacía ser hasta engreída.
Un viernes a media mañana, el doctor regresó a casa con un intenso dolor de cabeza y de estómago que le impedía atender a sus pacientes, y se acostó. Su mujer le dio un analgésico y una cucharada de Primperan para calmar las náuseas. Después le bajó la persiana y cerró la habitación.
—Lleva así un par de semanas —dijo la señora al entrar en la cocina mientras Isabel planchaba.
—¿Le han mirao en el hospital? —preguntó la criada sin levantar la vista de la camisa a la que quitaba las arrugas.
—Pues claro. Pero no le han encontrado nada.
Ella retiró, humeante, la prenda de la tabla de planchar.
—Señora, eso va a ser un mal de ojo.
—¡Deja de decir bobadas y sigue a lo tuyo! —exclamó escéptica y se dirigió al salón.
El sábado antes de irse, después de recoger los platos de la comida y mientras todos dormían la siesta, entró en el despacho del médico. En un buró antiguo de nogal guardaba una colección de material quirúrgico de urología. Abrió un cajón y cogió una vieja pinza de agarre fenestrada para escondérsela en el bolsillo central de la falda. Después se fue en silencio sin despedirse para no molestar.
Llegó al anochecer a Arroyo de San Serván, un pueblo en dirección opuesta al suyo, que estaba a quince kilómetros de Mérida. Allí solía ir, de vez en cuando, a la abandonada Ermita de la Encarnación, la que se construyó hace quinientos años, con el dinero de las limosnas de los habitantes del pueblo. A pesar de su estado ruinoso conservaba unos muros de mampostería y ladrillo con tres arcos rebajados. En su interior, sin techo, había abundantes pinturas policromadas de vivos colores.
Isabel encendió una vela que llevaba en su bolso de mimbre y la dejó apoyada sobre un pequeño retablo de cemento clásico, que existía en un lateral de la ermita. Luego cogió un palo he hizo un círculo grande sobre la arena. Dentro dibujó el Sello de Baphomet. A continuación, se metió dentro y sacó del bolsillo de la falda el instrumento quirúrgico para ponerlo delante de ella en el suelo arcilloso. De la mimbrera cogió una bolsa de plástico de la que extrajo un gallo que había matado esa misma mañana. Entonces se puso de rodillas a recitar de memoria un conjuro que utilizaban las hechiceras, mezclando lo pagano con lo religioso. A los pocos minutos, aprovechándose del corte que tenía el animal en el cuello, terminó separándole la cabeza del cuerpo para derramar la sangre que le quedaba dentro del círculo de protección, sobre la vieja pinza.

Continuará…

Volver a: