Malos ojos II

MALOS OJOS
Parte II

El domingo amaneció frío. Ángel, el hijo mayor, acababa de desayunar. Su padre le ordenó desde la puerta de la cocina, según iba al despacho, que subiese al trastero a por el paellero. Ese día tenían invitados y, como se encontraba mejor de sus dolores, cocinaría su famoso arroz valenciano. Ángel asintió receloso y su padre desapareció por el alargado y quejumbroso pasillo de madera. Nunca le gustó el trastero. Su padre quería quitarle el miedo y aprovechaba cualquier ocasión para hacerle subir.
Ángel salió al rellano del segundo piso. Todo estaba oscuro. Las escaleras y el viejo ascensor hacían de esófago del edificio. Pulsó el interruptor y, con la luz encendida, se acercó al elevador para subir hasta el quinto y así solo tendría que andar unos escasos peldaños de madera hasta la buhardilla.
Presionó repetidas veces el botón. El silencio le indicó que el arcaico ascensor no se iba a mover. De repente, la luz se apagó. A tientas y angustiado, Ángel buscó el interruptor. Un instante después, la iluminación le sosegó. Al final tendría que subir andando por las escaleras de madera. Inspiró fuerte y se armó de valor. Comenzó a subir sujeto a la barandilla de forja helada. Mientras avanzaba, con las pulsaciones entrecortadas, podía ver el vaho que expulsaba por su boca. Antes de llegar al tercer piso, Ángel se quedó a oscuras. El corazón se le puso en la garganta en el último escalón, pero pudo encontrar el interruptor. Se dio cuenta de que tenía que subir más rápido si no quería quedarse a oscuras. Al cuarto piso, subió a la carrera. Una vez allí, mientras recuperaba el aliento, esperó a que se apagase la luz y la volvió a encender. Controlado el tiempo, decidió subir al quinto sin correr. Justo cuando llegó a la siguiente planta, se quedó a oscuras. Apretó el botón pero el rellano no se iluminó. Nervioso, presionó repetidas veces. Todo seguía sin luz. Sintió que algo intangible le rodeaba. Una única escalinata de ocho peldaños le separaba de los trasteros, donde estaba el siguiente interruptor. Corrió en la oscuridad tan asustado que su cuerpo se llenó de ingravidez. Llegó a la zona abuhardillada y de un golpe pulsó el interruptor. La luz se hizo de nuevo. Inclinó la espalda y apoyó los brazos extendidos sobre sus rodillas. Bajó la cabeza para coger bocanadas de aire, y pudo ver un reguero de gotas secas de color teja en la madera del suelo que llegaba hasta la puerta.
Su padre salió del despacho y fue hasta la cocina donde estaba su madre.
—Merche, me ha desaparecido una pieza de mi colección —afirmó enfadado.
Ella extrañada frunció el ceño. Sin tiempo a responderle oyeron un fuerte portazo desde la entrada, que les hizo girar las cabezas hacia el pasillo. Ángel corrió hasta ellos. Con la voz entrecortada y jadeante les dijo alarmado:
—En el trastero he visto dos jaulas. Una con un pájaro muerto y otra vacía con sangre en los barrotes y gotas por el suelo.
Sus padres se miraron, y sin decir palabra la mujer se acercó al teléfono para marcar el número de la casa de Isabel.
—Este fin de semana nos dijo que se quedaba en Mérida —confirmó la madre de la criada—. ¿No está con ustedes?

El lunes llegó puntual, como siempre. Los señores la esperaban, sin los niños, en el salón.
—¿Se puede saber que has hecho con la pinza que robaste y los pájaros muertos del trastero? —preguntó Merche.
—Alguien les quiere mal —respondió con la mirada puesta en sus rugosos zapatos negros llenos de polvo.
—¡Ya estás otra vez con esas bobadas!
Ella levantó la cabeza y les miró con desprecio. La señora estaba amenazante en jarras y el señor la observaba serio.
—¿Anda mejor de sus dolores?
—Desde ayer no me duele nada. ¿Pero qué tiene eso que ver con lo que te está preguntando mi mujer?
—Pos que alguien le ha echao un mal de ojo.
Se hizo un silencio mientras Isabel miraba al doctor desafiante.
—Recoja sus cosas y váyase —ordenó airado el señor.
Ella les miró altiva y sin mediar palabra fue a su cuarto y tiró, sin que la viesen, la antigua pinza debajo de la cama. Luego se dirigió a la entrada y dejó las llaves sobre la cómoda.

En esa semana antes de contratar a otra criada, decidieron limpiar y renovar las sábanas y el colchón de la habitación donde dormía Isabel. Su sorpresa fue aún mayor porque encontraron debajo de la cama, dibujado con tiza blanca, un círculo con un pentagrama invertido, restos de cera y además del instrumento que desapareció de la colección del doctor. El desconocimiento se tradujo en miedo.

Todo aquello que esté dentro de la estrella de cinco puntas estará protegido, ya que hace de talismán, y cualquier espíritu maligno carecerá de fuerza contra él.

 

Foto: Arte en Ruinas.

Volver a: