Manchego digno de los zares

Quizás lo que más sorprende del Palacio de los Gosálvez es que tuviera una fuente de mármol de Carrara, regalo de Su Majestad Alejandra Fiódorovna Románova, esposa del último zar de todas las Rusias, mamá de la legendaria princesa Anastasia. Esto debió ser lo más. Allí en la Mancha, presidiendo la entrada de un despampanante palacio construido en 1902. Hoy sólo quedan recuerdos, porque la fuente la birló algún listo y el palacio sufre el abandono más cruel desde su adquisición en 2006 con fines hoteleros.

Lamentablemente se trata de un denominador común esto de comprar joyas de la arquitectura para convertirlas en negocios boyantes que se quedan en quimeras, condenándolos a una situación mucho peor que la anterior (véase Más tinieblas que luces sobre los riscos de Torrelodones). 

Los Gosálvez eran una familia de origen alcoyano que hizo fortuna, inmensa a tenor de la grandiosidad de su residencia, en terrenos desamortizados en el linde entre Cuenca y Albacete. El gran éxito de varias industrias, una de ellas papelera, que aprovechaban el cauce del vecino Júcar llevó a Enrique Gosálvez – Fuentes a levantar un palacio digno de una dinastía imperial. Por algo se le conoce como el Versalles de la Mancha, cosa algo discutible pues el parecido es más próximo al Palacio de la Granja de San Ildefonso. Ahí es nada. 

Resulta clara en cualquier caso la influencia de la arquitectura francesa del XVIII: la estructura palaciega en U, las buhardillas en mansarda, el almohadillado clásico de la fachada, el delicado pórtico de columnas. La crème de la crème del dispendio y la megalomanía en forma de 368 ventanas, que alguien se tomó la molestia de contabilizar. Como debía sobrar el dinero, se construyó un acceso en forma de barbacana medieval que hoy, semiderruida, recuerda a un decorado de cartón piedra, y también una iglesia neogótica. Todo un conjunto idóneo donde invitar a políticos y caciques, en realidad los mismos, a cacerías y banquetes. Un perfecto set de rodaje para las aventuras del marqués de Leguineche en la Escopeta Nacional. Por si fuera poco, el palacio, literalmente a tiro de piedra del río Júcar, es el corazón de un entorno verde, muy descuidado, de cierto interés botánico. Aún se levantan dos paseos, uno de exóticas palmeras de origen colonial, y otro de plátanos, hoy centenarios. El lugar, en su momento, debió ser de una belleza y un lujo difícil de encontrar en toda la Submeseta Sur. Dan fe los papeles pintados de las paredes, que aún cuelgan desmayados de los techos, los muchos frescos supervivientes, las marqueterías, los suelos hidráulicos, las imponentes chimeneas con atlantes, hoy decapitados. Pero ricemos el rizo: entre las industrias de los Gosálvez hubo a finales del XIX una fábrica de luz que pudo convertir a la vecina localidad de Villalgordo, quizás, en la primera localidad de España con luz eléctrica. ¡Villalgordo del Júcar en los anales de la historia patria! 

En 2019 se anunció desde la diputación de Cuenca una inversión para “sacar al palacio de la lista roja” (sic) y convertir este área adyacente al Júcar en zona turística. El regalo de una familia rusa maldita, la central eléctrica pionera, una de las primeras fábricas de papel de España, historia para dar y regalar en un pueblo de la Mancha.

El Palacio de Gosálvez está en la Lista Roja del Patrimonio desde el 14 de febrero de 2008. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde del Patrimonio?

Foto de la derecha de Albacete Capital

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