Muerte bajo las espigas

Para llegar a la necrópolis de San Martín hay que salir del pueblo de Ucero, famoso por el Parque Natural Cañón del Río Lobos, tirar por la comarcal SO – 920 en dirección sur y, en algún lugar, antes de tomar la segunda curva, detenerse y mirar los campos sembrados. Efectivamente, estamos en medio de la nada. Y mejor venir acompañado por alguien del lugar o traerse un croquis, porque no hay indicación alguna. Con un poco de suerte, o no, caminando sin rumbo entre los terrones, se puede dar con un cráneo humano, y no precisamente de la Guerra Civil.

Porque allí mismo, cerca de un pueblo desaparecido llamado San Martín, hubo una vez una villa romana, una necrópolis celtíbera y tachán, un asentamiento paleolítico musteriense. Vamos, que los registros arqueológicos se remontan a los 50.000 años. Es lo que tiene nuestro país. Como dijo alguien, tal vez Machado, quizás Lorca, quiero a España pero no me gusta. Cuenta la piel de toro con tanta riqueza arqueológica, que no disponemos de fondos para preservarla, para catalogarla, para difundirla, ni siquiera para señalizarla. Aunque esto último se sobreentiende. Menudo escarnio para Ucero señalizar un yacimiento arqueológico cuyo máximo aprovechamiento se mide en fanegas de cereal.   

Así que escribir sobre este yacimiento es tarea bastante difícil. De los restos del la villa romana destaca un mosaico romano del caballo alado Pegaso, pero lo más interesante se halla en la ciudad de los muertos, algunas de cuyas piezas se hallan en el MAN. Los estudios acaecidos en los años 80 revelaron decenas, tal vez cientos, de objetos del ajuar de los guerreros celtíberos. Los rituales funerarios de estos primeros pobladores prerromanos tienen algo de fascinante e intemporal: incineración de los cuerpos junto a las armas, quizás con el propósito de que no pudieran ser utilizados en el más allá, así como de otros objetos de valor, y deposición de las cenizas en urnas. Estas se enterraban a poca profundidad y se señalizaban con una estela, a veces dispuestas a modo de calles. Una verdadera ciudad de tumbas sepultada bajo los campos de cereal. En las fosas se han hallado objetos que, para mis ojos inexpertos, son similares entre las distintas culturas mediterráneas de la época. Hablo de las fíbulas para sujetar el sago (el característico manto rectangular, empleado también por íberos e incluso soldados romanos), pectorales y broches de cinturón, que daban fe de la categoría social del difunto, puñales, puntas de lanza, tahalíes, joyas y esas cosas. El verdadero tesoro del arqueólogo aficionado. Basta unas buenas dosis de alevosía y nocturnidad, y un detector de metales (menos de 70 euros en internet) para, con un poco de suerte, encontrar una hebilla de cinturón digna de un defensor numantino. La acción humana depredadora unido a la escorrentía, con el consiguiente corrimiento de tierras, son las amenazas de una zona, que espera su reconocimiento como Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1980. Y yo me pregunto, como humilde e ignorante hombre de calle, ¿no sería plausible calcular las ganancias del propietario, obtenidas de esas escasas hectáreas, e indemnizarlo? Parece ser incluso, que así se vino haciendo durante algún tiempo. Va a resultar que el transcurso del tiempo en Soria es más relativo que en otras partes.  

 

La necrópolis de San Martín de Ucero está en la Lista Roja de Patrimonio desde el 11 de enero de 2011. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde?

 

Foto de la derecha: Javier Solé.

Volver a: