Por las murallas invisibles de Madrid

El subconsciente nos induce a escribir en estos tiempos oscuros sobre las murallas de Madrid. Es época de segunda oleada del malhadado virus monárquico y parece que la capital se prepara para convertirse en el Orán de Albert Camus. Aislada, observada con indulgencia, conmiseración, espanto tal vez, la capital volverá a ser rompeolas de todas las Españas (Manuel Machado dixit). Y eso que la mayor resistencia histórica de los Madriles no requirió de muralla alguna, pues fueron trincheras e incluso los muros del actual Hospital Clínico de San Carlos el parapeto ante las tropas del general Franco, con destacada presencia de los Regulares, el temible ejército de África. Que no pasaron nunca, salvo cuando todo estaba perdido o ganado, es de sobra conocido. Pero murallas tuvo Madrid como otra ciudad cualquiera, con puertas que se cerraban cada noche y aún viven en la toponimia: Cerrada, de Moros. La primera muralla, la árabe, presenció con terror (suponemos) el infalible asalto de las huestes de Alfonso VI. Cuentan que el rey comparó a los asaltantes con gatos y ahí quedó el gentilicio para los madrileños más castizos. Dos años más tarde, en 1085, el mismo rey conquistará Toledo, piedra angular en la compleja y quizás mal llamada Reconquista. Ya cristiana, la ciudad levantó su segunda muralla, que ampliaba el perímetro de la primera y que hoy rescatamos en estas líneas. Sólo los visitantes más observadores podrían fijarse en los retales de muros desperdigados en algunas fincas y solares del Madrid de los Austrias, varios siglos más viejo por cierto, que los propios Habsburgo españoles. Eso si no tienen un cubata y han salido a airearse desde algún bar de copas, que son estos los quehaceres nocturnos de esta zona. La muralla discurría por lo tanto por inmejorable zona de marcha nocturna, envidia de medio mundo. El trazado, aún algo discutido porque no está claro en algunas partes, enlazaba con la muralla mora entorno a la insulsa catedral de la Almudena. Desde la cuesta de la Vega subía hacia la calle de los Mancebos donde en el número 5, un pegote de mampostería indica perfectamente que sí, allí hubo una muralla. Seguía ésta hacia plaza de Carros para enfilar luego la Cava Baja. Desde aquí, si se camina hacia la Plaza de Puerta Cerrada, todas las fincas de la izquierda ocupan el serpenteante trazado de la muralla. La acera y la calzada que pisamos eran cava, léase el foso al pie de la misma. Tirando hacia el norte, la sierpe se prolonga en calle Cuchilleros. La casualidad hizo que el restaurante más antiguo del mundo (Botín, 1725) y el más famoso de Madrid (Casa Lucio, 1974) estén frente a la muralla centenaria, en Cuchilleros y la Cava respectivamente. Entre pantagruélicas comidas y buenas copas parece que nadie preste hoy mucha atención a esos pedruscos que una vez protegieron a los madrileños. La vida ad libitum no se detiene nunca, y mucho menos ante la historia. Brindemos a la mala salud de la muralla de Madrid que hoy, invisible, necesitamos más que nunca.  

 

La muralla cristiana de Madrid está en la Lista Roja desde el 13 de agosto de 2014. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?

Foto de la izquierda: fragmento del plano de Texeira (1656)

Foto de la derecha: https://madridafondo.blogspot.com/

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