PRIMAVERA EN LA CIUDAD

Como hiciera Santiago, el personaje de Mario Benedetti, saldremos del encierro en Primavera que con una esquina rota. En soledad, Santiago añoraba a los suyos, escribía cartas, recordaba el pasado, pensaba el futuro… circunstancia obliga cuando el horizonte es incierto. Escribir aprovechando la luz de la luna, perderse en el vuelo de un pájaro más allá de la ventana, llenar el denso silencio. Escribía:

“después de estos cinco años de invierno nadie me va a robar la primavera

la primavera es como un espejo pero el mío tiene una esquina rota / era inevitable no iba a conservarse enterito después de este quinquenio más bien nutrido / pero aun con una esquina rota el espejo sirve la primavera sirve

el astutísimo neruda preguntaba en una de sus odas / ahora primavera dime para qué sirves y a quién sirves suerte que me acordé / para qué sirves / yo diría que para rescatarlo a uno de cualquier pozo / la sola palabra es como un ritual de juventud / y a quién sirves bueno mi modesta impresión es que servís a la vida / por ejemplo pronuncio simplemente primavera y me siento viable animoso viviente” (Mario Benedetti)

Ahora que la ciudad empieza a recuperar el pulso, van quedando atrás los silencios de esta primavera extraña. Algunos los echaremos de menos. No el mutismo denso y agobiante de las primeras semanas, roto solo por las sirenas de las ambulancias que dejaban el corazón encogido. No aquella quietud quebrada por el ahogo de las lágrimas tras la llamada que nunca quisimos recibir. Ni la tranquilidad que a las 8 se llenaba de aplausos. Pero sí aquel silencio que nos ha permitido, por unas semanas, escuchar los alegres sonidos de la vida animal.

Los más madrugadores de mi entorno son los gorriones. Anidan en un hueco de la fachada. Cada mañana se les oye a través de la pared dando los buenos días y alimentando a sus crías. Los mirlos nos visitan cada año al final del invierno para dar cuenta de los pequeños frutos de un manzano ornamental. Este año, por primera vez, nos amenizaron el desayuno con sus trinos. Terminadas las manzanas, aquí siguen, agradeciendo pipas y migas de pan. Los gritos de los vencejos al anochecer representan el sonido de las tardes de verano de mi infancia. Recuperados este año, su vuelo veloz y sus acrobacias son una fiesta diaria. También por primera vez, las abejas han llegado atraídas por las flores y la calma. En la metrópolis, los inviernos han sido más de cinco. Tal vez, esta rara primavera llena de zumbidos y cantos ha venido a rescatar del pozo a la ciudad. Patrimonio sonoro que el paisaje urbano acoge gustoso. La fórmula es bien conocida: más árboles, más flores, más frutos, más bicis, más peatones… más primavera y más vida para la ciudad.

Imagen: Archivo personal_Bombus en Malus ‘Evereste’.

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