Re(la)tores del Patrimonio

Hay un retrato que pende de una alcayata sobre la pared de una sala del Museo de Bellas Artes de Sevilla que cada 23 de abril cambia su tez seria por una sonrisa. Varón, treinteañero, pelo rizado y en movimiento, bigote y perilla recortada, mirada dura, fija y arrogante ante el espectador, y elegante vestimenta, cuello de camisa blanca, impoluta y capa a la española. No parece un poeta, pero un pequeño lunar en su cándida mejilla evoca rimas, leyendas, bandoleros, ruinas, andalusíes, tormentas, amor, romanticismo.

Esa imagen, como las golondrinas, ha viajado por libros de texto, añejos billetes de 100 pesetas y ahora, en el futuro, y más rápido que el DeLorean, también se embarca en las redes sociales. Y es que, en esta sociedad calificada como “de la información y la tecnología”, los museos y las artes toman el testigo de la dimensión digital. Reciente es el ejemplo, surgido de manera dual -por la desidia de 4 paredes y el amor al arte- de reproducir y recrear obras de grandes pintores y artistas. Retos virales que vienen de la mano de  instituciones internacionales como la Paul Getty de Los Ángeles, el Rijksmuseum y su #tussenkunstenquarantaine, museos estatales como el Sorolla y por qué no, de los pequeños museos pero con alma grande, como el Museo de Guadalajara que a pesar de sus desmanes y con urgentes necesidades de personal, se suma al desafío, y si su director tiene que posar como Alejandro de Hales para trasmitir su relato, tira de pluma y hábito para no despeñarse por la brecha digital.

En un día en el que grandes de las letras españolas, como Joaquín Sabina o Almudena Grandes, se suman a un nuevo uso de la almohadilla (#lalibertadesunalibreria), queremos rescatar a esos grandes protagonistas de ayer y hoy que, a través de su discurso, y de una manera u otra, han sido, son y serán relatores del patrimonio.  

Podríamos nombrar cientos. Pero con el objetivo de recomendar un par de lecturas para quienes decidan cultivarse en este mes de abril robado, comenzaremos por D.Benito Pérez Galdós. En el año del centenario de su muerte, es de obligado cumplimiento hojear (o deslizar el dedo en el e-book) sus obras, y deleitarse con las puntillosas y magnificas descripciones de innumerables edificios de la villa de Madrid, como es el caso de su novela La de Bringas (1884) en la que nos introduce por desconocidos rincones del Palacio Real o en la que se refiere al Prado como “el único sitio de solaz, en cuya penumbra los grupos amorosos y las tertulias pasaban el tiempo en conversaciones más o menos aburridas (…)” y a cuya protagonista no gustaba de ir “porque era como pasar revista de miseria y cursilería”.

Pero con permiso de D.Benito, retomamos el hilo con el que comenzamos nuestra breve narración.  Aún no hemos desvelado su nombre, porque será parte de nuestro “challenge” literario. Solía pasear por las calles de Toledo, y en una de sus famosas leyendas se adelantó a #Hashtags, Likes, Haters, Hilos y Followers del Patrimonio Cultural:

Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han habitado; que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera, y pondría sobre la barrera un tarjetón con este letrero:

«En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica.»”

Cerrar Toledo con una barrera… ¿quién lo diría?, ¿ciudades turísticas más sostenibles? Este visionario defensor de nuestro patrimonio cultural, además nos regala sendas descripciones del patrimonio eclesiástico: conventos, claustros, alfeizares, clausura… y de nuestro novedoso concepto de patrimonio inmaterial: “campanada a campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y lúgubre”. Curiosamente, publicaba en el periódico ilustrado El Museo Universal, y de él también conmemoramos los 150 años de su muerte. Son Las Tres Fechas (1871). Es Gustavo. Es Adolfo. Es Bécquer.

¡Feliz día del Libro!

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