Rosas de cementerio en Sierra Espuña

Leo en Hombres contra microbios, un libro obsoleto de los años cuarenta, deliciosamente editado por la insigne casa Labor, que los médicos hablaban de rosas de cementerio en las mejillas de los enfermos y que muchas veces encontraban un ligero catarro. Los que se curaban solos no habían contraído la tuberculosis, la más temible de las enfermedades que se introducían “solapada e insidiosamente en la sociedad”. Enterado el enfermo al fin de su mal, no existía la cura, y sólo se podía alargar la vida con descanso y respirando aire no viciado. Por eso proliferaron en todo el mundo civilizado los sanatorios de tuberculosos y los balnearios que hemos visto y leído en películas y libros. Descubro en internet que en los países pobres, el bacilo de Koch mató en 2015 casi a dos millones de personas (el dato contrasta con el coronavirus, claro que éste último mata también a los ricos). Ahora que tiene cura con dinero, quizás podamos hablar sin demasiada ligereza de la rara belleza de sus enfermos, pálidos, estilizados, como ángeles de paso por un valle de lágrimas. (Para ellos, por descontado). Una enfermedad de escritores, de artistas, de humanos sensibles a la belleza, dos de los más grandes perecieron por su causa, Chéjov y Kafka, ambos en la cuarentena. Pero vayamos al grano. Corría 1913 cuando una epidemia de tuberculosis empezó a cebarse entre los murcianos. Las autoridades concluyeron entonces en 1917 una primera planta y luego, poco antes de nuestra guerra, un hospital entero para dar cura a estos enfermos. El lugar escogido, la sierra Espuña; verde, fresco, alejado del mundanal ruido y con un aire limpio para sus castigados pulmones tísicos. Hoy no es difícil imaginarlo con los enfermos paseando por sus galerías, junto a enfermeros de inevitable aire melancólico y manido consejo.

  • Necesita usted descansar señorita. El doctor recomienda que no haga esfuerzos.
  • Solo un poco más, se ve tan bonita la sierra desde aquí.

O paseando, cada vez más agotados, por los pinares que llegan a pie de obra. Como un gran transatlántico de dos plantas y sótano, el sanatorio de Sierra Espuña se estiraba en forma de larguísima elipse recortada para dar cabida a sus doscientas camas para internos y más de cincuenta empleados. Lo de transatlántico lo escribimos porque nos recuerda un poco al famoso pabellón de la Residencia de Estudiantes que, vaya casualidad, se comenzó a construir aquel mismo año de 1913. El de Murcia es muchísimo más grande, pero no carece en absoluto de elegancia arquitectónica, algo difícil en edificios enormes. La idea, suponemos, era dotarlo de largas galerías y balcones para solaz de las débiles almas y pulmones. Incluso después de décadas de vandalismo, las fotos recogen la calidad de los materiales, la robustez y el buen hacer de sus arquitectos, que privilegiaron la mayor abundancia de luz natural posible. Con el descubrimiento de un tratamiento para la tisis en 1949 comenzó el natural ocaso del sanatorio. Tras un breve lapso como orfanato, cerró en los años sesenta. Hoy se cuelan en sus viejas habitaciones chalados que hablan de fantasmas y hacen psicofonías. Estoy deseando que les aparezca una tísica difunta en pleno graffiti interruptus. Donde hay dolor, el suelo es sagrado. La cita es de Wilde, que murió de meningitis.

El Sanatorio para tuberculosos Sierra Espuña está en la Lista Roja desde el 19 de septiembre de 2019. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?

Foto izquierda: www.grupozeroinvestigacion.com

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