Saber morir en arquitectura

Este es uno de los lugares que parecen salidos de la mente de un visionario, de un loco, de un megalómano. Para los que lo construyeron, literalmente, en 1903, debió ser una hazaña mal pagada a riesgo de dejarse la vida en un caída a plomo sobre el vacío. El resultado, visible en viejas fotografías de época, casi desconcierta por irreal, por onírico. Una suerte de caserón de planta rectangular, con aire a cenobio y tejado a dos aguas, cimentado sobre un poderoso podio de basalto y argamasa construido sobre la roca. Arriba en lo alto, salvando el desnivel del acantilado, la clásica chimenea de ladrillos, importados desde Inglaterra. 

Si hay arquitecturas que pudiera dibujar un niño y colocar en cualquier parte, ésta es una de ellas. Pero nada más lejos de la realidad, porque fue la mente cartesiana de un ingeniero militar, un tal José Galván Balaguer, la que diseñó el prodigio. Y éste, vaya si funcionaba. Todo pasaba por construir una planta para bombear agua desde un fabuloso manantial montaña arriba. ¿El propósito? Irrigar de agua dulce los campos de cultivo de plátano de la zona. La compañía británica Hamilton compró los terrenos y procedió a construir la obra faraónica que obrara el milagro. Solo la existencia de una inagotable fuente de agua, el manantial de Gordejuela, podría explicar tamaño esfuerzo de construcción antinatura. Hoy desaparecida, entonces la había. Doscientos metros de desnivel por encima del mar dificultaban la empresa, pero nada es a veces imposible para la voluntad humana o la rentabilidad económica. Por todo ello, cuesta creer que el poderoso edificio de nobles ventanas en arco de medio punto, claraboya en el frontón y pilastras interiores alojara sendas bombas de achique. Los operarios trabajaban en la sala de máquinas con mejores vistas del continente africano, y no digo de Canarias, porque la instalación fue la primera de sus características en todo el archipiélago. Con el paso de los años, la empresa abandonó el negocio y la estación pasó a dominio público. En los tiempos que corren la zona es visitable a pie de obra para intrépidos, aunque su majestuosa figura se recorta sobre las aguas desde el mirador de la Gordejuela al alcance de cualquier turista. El elevador de aguas, ¿puede inventarse un nombre más bonito para una obra de ingeniería? es hoy un esqueleto basilical, con el azul del mar rellenando cada costilla, a la espera de venirse abajo algún día. Ojalá todos los engendros arquitectónicos del boom del ladrillo tuvieran arcos de medio punto y el diseño sin ataduras de un niño. Hay formas y formas de morir en arquitectura. Esta ruina de Los Realejos, al norte de Tenerife, eligió una grandiosa.

El elevador de aguas de Gordejuela está en la Lista Roja desde el 31 de enero de 2019.¿Cuándo pasará a la Lista Verde?

Foto de la derecha: Miguel Alonso

 

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