Santiaga I

SANTIAGA
Parte I

Santiaga tenía catorce años cuando entró a atender a los hijos del notario del pueblo de Borox, en la provincia de Toledo. Procedía de una familia que trabajaba en el campo y era la menor de seis hermanos. Hasta entonces, ella solo había ayudado en las labores agrícolas y ganaderas que su padre explotaba, quien se dedicaba de sol a sol a sacar todo el dinero posible para mantenerlos a ellos y a su preciado hogar que tanto le había costado conseguir.
La casa rincón solariega donde vivían era tradicionalmente castellana y amplia, con seis habitaciones y un torreón en la parte más elevada, una bodega con lagar, almazara con grandes tinajas para almacenar el aceite, graneros y pajares que estaban llenos de aperos de labranza. En el subsuelo existía una cueva en la que el patriarca guardaba el dinero que ahorraba cada mes en unas maletas, y lo escondía en un hueco que hizo al final del subterráneo.
Santiaga solía ir con su pelo rizado, color canela, recogido y esto acrecentaba la languidez de su cara blanca con los mofletes siempre sonrojados, debido al sol, al viento, al frio, pero la mayoría de las veces al esfuerzo que tenía que soportar su enclenque cuerpo. Todavía no lo había desarrollado del todo.
Durante dos años, trabajó de niñera cuidando a los tres hijos de Don Jeremías. El notario siempre la trató con educación y respeto. Ella cautelosa y precavida prefería no hablar demasiado con su patrón y la señora, para no equivocarse. Tenía conocimientos básicos para saber leer y sumar, los que aprendió en la escuela hasta que su padre la llevó con él a trabajar. La paga la entregaba integra en casa. El notario, al saber de este hecho, a principio de cada mes le entregaba un sobre aparte con una propina para sus cosas. Sus hijos estaban en buenas manos y no quería perderla. Entonces llegó el momento en que a Don Jeremías le asignaron una notaría en Toledo y la propuso que se fuese a vivir con ellos. Ella, sin consultar con su padre, aceptó en el instante que se lo planteo con agrado e ilusión. Por fin saldría a conocer una gran ciudad y abandonaría aquellos campos. El padre de Santiaga la amenazó con desheredarla si se iba, pero finalmente recogió todos sus enseres, que cabían en una pequeña maleta que le regaló el notario, y se despidió tras besar a su madre y cada uno de sus hermanos, exceptuando al patriarca que no quiso estar en ese momento para demostrar su desavenencia y cumplir su amenaza.
Pasaron los años y la guerra civil española. Solo el hermano mayor murió en el frente. La familia de Santiaga tuvo que vender, por obligación, todo su ganado al bando republicano cuando pasó por el pueblo para aprovisionarse de alimentos. Una mañana, cuando la convivencia en el país volvió a la normalidad, el padre decidió sacar de la cueva las dos maletas llenas con miles de billetes, para ir a guardarlo a un banco a Toledo, creyéndose millonario, y por miedo a que se pudiesen robar. La conmoción que sufrió al entregar el dinero fue aniquiladora. Después de pesarle el dinero le dieron a cambio una peseta.
—¿Cómo? ¡Esto es lo que me dan por todo mi trabajo y mis ahorros! —dijo con la mirada puesta en la moneda que tenía en la palma de la mano.
—Lo siento señor, es dinero republicano y ahora no tiene ningún valor, solo lo que pesa el papel —respondió el chico que estaba en la caja con cara de circunstancias.
Llegó desolado a Borox, casi sin palabras, y se lo contó a toda la familia. En ese momento no les quedaba nada más que la casa rincón. No tenían ganado ni animal alguno y las tierras pertenecían al estado por lo que las tenían arrendadas, además se había pasado la época de siembra. Lo único que podía hacer era hipotecar la casa rincón para conseguir comida e intentar recomponer la explotación.
Dos hijos decidieron ir a buscar trabajo a Madrid. Solo se quedaron con ellos, la hija mayor con su marido y el varón menor de los hermanos.
Su madre murió de pena tres meses más tarde.

Continuará…

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