Santiaga II

SANTIAGA
Parte II

Aquel año fue un desastre en la explotación agrícola de la casa rincón de Borox. Nada salió bien en el campo y el ganado no daba lo suficiente. Les llegaba lo justo para comer y no cumplieron los pagos de la hipoteca. Entonces notificaron al padre el inminente desahucio.
Don Jeremías se enteró por compañeros de la profesión del infortunio que corría la familia de Santiaga. El notario se presentó en el banco para pagar la deuda, que ascendía a quince mil pesetas, y puso la casa a nombre de ella. Una vez que obtuvo las escrituras, los hijos de Don Jeremías, se las entregaron a Santiaga como agradecimiento por el trabajo de todos estos años, y para que hiciese lo que considerara oportuno. Ella llamó a su padre y después de explicarle lo que había hecho Don Jeremías, le dijo:
—Padre, podéis seguir viviendo en la casa. Yo no la necesito porque voy a seguir en Toledo con el señor notario —dijo y esperó inquieta la contestación.
—Está bien, Santiaga —respondió, entre dientes, receloso su padre y después colgó.
Estas fueron las últimas palabras que oyó de él. Ningún agradecimiento ni muestra de afecto, y tampoco de los hermanos que allí vivían.
Un par de inviernos más tarde su padre murió y se acercó a Borox al humilde funeral, al que acudieron todos los hermanos. Después del entierro, se reunieron en el salón para hablar de la herencia.
—Tendremos que vender la casa y repartirla en cinco partes, porque las tierras que labráis son arrendadas—afirmó el segundo vástago de la familia que vivía en Madrid y de pie opinó—. Pero creo que es de justicia, que el ganado os lo quedéis los que habéis trabajado estos años con él, ¿Estáis de acuerdo todos?
Santiaga sentada con las escrituras entre las manos, levantó la cabeza y dijo con la mirada puesta en el rostro de su hermano:
—Mariano, la casa es mía. La compré antes de que se la quedara el banco. Aquí tengo las escrituras.
Ella alargó el brazo hacía su hermano para que las cogiera mientras él, sorprendido, miraba al resto.
—Yo cedí la casa a padre y a nuestros hermanos.
Él se sentó y dirigió la mirada a María y Bernardo.
—¿Por qué no nos lo dijisteis?
—Padre nos lo prohibió —respondió su hermana con la cabeza gacha.
Se hizo un silencio incómodo e inquisidor, como sí su padre todavía estuviese allí.
Llegó la noche y después de cenar mientras las dos hermanas fregaban y los hombres fueron al bar a tomar un café con sus aguardientes, María le confesó preocupada:
—Santiaga, creo que deberías irte.
—Tranquila María, por mí podéis quedaros a vivir aquí el tiempo que necesites tu marido y tus dos hijos—dijo y se secó las manos con un trapo mientras miraba a su hermana con una media sonrisa—. Yo me iré mañana.
—No hermana, debes hacerlo hoy, esta noche, ahora —replicó enérgica acercándose a ella.
—No te entiendo, ¿qué quieres decir? —preguntó molesta.
María abrazó a su hermana y le susurró al oído:
—Tus hermanos quieren matarte.
Ella se separó despacio y en silencio de María, a la vez que se tapaba la boca con una mano.
A los cinco minutos Santiaga huyó en aquella noche cerrada de frio invierno con su pequeña maleta.

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