Seis días Muerto

SEIS DÍAS MUERTO

Eran las diez de la mañana. Era el sexto día que llevaba muerto su padre, tendido sobre la cama de su habitación y cubierto con una sábana blanca. Había llegado dos semanas antes a casa de sus padres para cuidarles, justo cuando empezó el confinamiento por culpa de la pandemia que asolaba al mundo entero.

Empezó a oler a los dos días de morir, por eso todas las mañanas subía la persiana de su cuarto para evitar que se quedase impregnado ese hedor a carne putrefacta. Llamaron para que viniesen a por él para incinerarlo, pero les dijeron que tardarían unos días, que estaban colapsados. Creían que se habían liberado de él, pero hasta muerto seguía mortificándolos. Su pobre madre no entraba en la habitación. Lloraba de vez en cuando a escondidas para que no la viese.

Su padre siempre inflexible y severo con la educación de los hijos, se convirtió para ellos en un dictador. Era un directivo comercial de la conservera Massó. Tenía su sede en la monumental fábrica abandonada de Cangas do Morrazo, una de las más notables arquitecturas industriales del siglo XX en Galicia. La responsabilidad de su cargo le hacía beber con asiduidad y hacerse más insolente, menospreciando a su esposa para demostrar quién era el amo de sus vidas. Bastantes veces, cuando iban a recibir un castigo con el cinturón de cuero, la obligaba a encerrarse en su cuarto. Y después de ponerles el culo morado y ver como los ojos se les encharcaban de lágrimas aguantándose la rabia para no gritar, entraba en su cuarto para abusar de ella.

Era un huraño. Nunca les dio una mísera propina, consideraba que no la merecían, y era su madre quién se la daba, siempre con la excusa de ser la paga semanal de la abuela.

—Mi mujer malcriando a mis hijos. El dinero hay que ganárselo, no cae del cielo —decía molesto el padre dirigiéndose a su esposa.

Cuando salió de airear el cuarto del pequeño dictador, su madre le esperaba, como estos últimos días, con una taza de café. Fueron hasta el salón. Se sentaron. Él sacó del bolsillo de la camisa un paquete de tabaco.

—Hijo, sabes que no se puede fumar en casa —dijo ella tímidamente con la voz quebrada.

—Él ya no está, puedo hacer lo que quiera —respondió serio y se puso el cigarro en la boca.

Ella le miró triste, pero él encendió el mechero.

—Hazlo por mí, cariño.

Levantó el dedo del resorte de encendido y se apagó. A continuación, la miró resignado.

—No entiendo nada. Después de todo lo que te ha hecho.

—Todavía sigue en casa —dijo según bajaba la mirada al suelo.

—Sí, su cuerpo mal oliente que tengo que ver todas las mañanas—calló un par de segundos para dejar el mechero con un golpe seco en la mesita auxiliar que había a su izquierda—. Con lo que hemos tenido que pasar. Perdiste hasta tu hija.

—No me hables de tu hermana, por favor te lo pido —dijo irritada mientras negaba con la cabeza inclinada hacia abajo.

—Lo mejor que pudo hacer, huir.

Despacio, su madre, levantó la vista para mirarle con los ojos entreabiertos, enfurecidos.

—Hice lo que pude. Por lo menos podía haberme llamado alguna vez.

—Claro, te iba a llamar para agradecerte que te pusieses a favor de nuestro padre —dijo, tras afirmar irónicamente con un movimiento de cabeza.

Ella apretó fuerte las mandíbulas para no contestar. Luego se levantó y se acercó a la ventana cruzándose de brazos.

El día era soleado, lleno de color. Estaban en los primeros días de la primavera. Todo florecía y los pájaros cantaban sin parar de revolotear, dando paso a un nuevo tiempo. Como ella tendría que hacer. Tener una nueva vida sin él. La mujer sabía que cuando se llevasen el cuerpo de su esposo dejaría por fin aquel lastre que le había anulado la existencia. Tal vez sea eso lo que le asustaba. Decidir por sí misma. Puede que no supiera qué hacer después de pasarse una vida sometida y despreciada. Es posible que a sus setenta años todo lo viese perdido.

—¿Por qué lo hicimos? —preguntó con la mirada perdida entre los cristales.

—¿El qué?

—Matar a tu padre.

El hijo se puso de pie y se acercó a ella para ponerse, justo, detrás. Así veía lo mismo que miraba su madre.

—No le matamos. Se murió por el virus —dijo en tono conciliador.

—Hijo, no es cierto —afirmó inmóvil.

Él puso las manos sobre sus hombros delicadamente.

—Estaba muy débil. Apenas podía caminar—hizo una breve pausa—. Llamamos al hospital y nos dijeron que tomase Paracetamol, y si se ponía peor que volviésemos a llamar.

Se hizo un frío y largo silencio.

—Pero no llamamos —le recordó tras poner una mano sobre la suya.

—No hacía falta —él concretó con rapidez.

—Se moría y no hicimos nada —dijo mientras una lágrima recorría la piel arrugada de su cara.

—Hicimos lo que se merecía —concluyó y se separó de ella.

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