Ser diferente es indecente

Alguna vez os habéis preguntado ¿qué sería de la más majestuosa de entre las encinas si la despojáramos de sus raíces?

Esta pregunta retórica, en realidad, es síntoma de muy otras inquietudes: ¿estamos dando la espalda a las costumbres y tradiciones que hemos heredado de quienes nos precedieron, nuestros padres y abuelos? ¿Queremos, o no queremos heredar ese legado cultural que con tanto esmero se nos ha entregado?

Homologación. Esto es lo que define a la sociedad en la que vivimos. Desde que ser diferente es indecente, se multiplicó esa ansiedad de igualación que la globalización solo pudo amplificar y extender a todas partes, traspasando fronteras y límites.

Sí, es cierto. Es una elección, podemos elegir. Estamos ya eligiendo de hecho (aunque no lo sepamos).

Además, cabe considerar también que la Tradición no es ningún ente abstracto. La Tradición es un ser vivo, orgánico, que florece en un momento dado y en otro marchita, como todo. Como todos. Por otra parte, la selección intencionada, casi eugenésica del pasado, es una práctica trasversal y común a todas las civilizaciones y épocas.

Empero, urge reapropiarnos de lo que nos pertenece. Abrazar la cultura popular (en un sentido necesariamente actualizado del término) y abandonar esa cultura de masas tóxica y prepotente que nos nivela y empobrece a todos a la vez. Pues no: igualación no es igualdad.

En la Tradición nosotros éramos los autores. Nosotros creábamos: canciones, vestidos, bailes, dichos… Con la instauración de un estilo de vida único y la eclosión de la cultura de masas, se nos ha reducido a meros espectadores o, mejor dicho, consumidores: receptores pasivos de productos (no bienes) culturales de muy cuestionable calidad.

Es urgente entender esto antes de que las encinas se sequen definitivamente; antes de que, al mirarnos a espejo, ya no nos reconozcamos.

 

Foto: elespanol.com