Sin suspensos hacia los Highlands escoceses.

La intolerancia religiosa ha existido durante siglos en Europa. La forzosa uniformidad católica de los Reyes Católicos, pioneros en usar la fe como aglutinante de reinos muy dispares, la expulsión de los moriscos por Felipe III o las terribles guerras de religión en Francia son simples ejemplos de persecución religiosa. Así que la hubo por todas partes, sin olvidar a anglicanos o calvinistas, que no vacilaron en quemar en la hoguera a los enemigos de su fe verdadera (Miguel Servet abrasado en la Ginebra de Calvino es nuestra víctima más célebre). Hablamos de esto porque en Boecillo, pequeño pueblo al sur de Valladolid, sobrevive un caserón de recio zócalo de sillar y buen aparejo de ladrillo, llamado Colegio de los Escoceses. Construido en 1798, era la sede estival de los alumnos del colegio homónimo de Valladolid. En otras palabras, el lugar de esparcimiento veraniego, a tiro de piedra del Duero, para los seminaristas. Este tipo de colegios (de los ingleses, de los escoceses) fue habitual hasta el siglo XVIII en nuestro país. Entonces, el proselitismo católico en aquellas tierras estaba perseguido, tanto por lo menos como el protestantismo desde Pirineos hacia el mediodía. Todavía en 1812, nuestra Constitución de Cádiz, libérrima en aspectos como el sufragio, que era universal, prohibía el ejercicio de otras religiones, situación que sólo cambiará completamente en 1869. Imaginemos entonces el desamparo de los católicos en los Highlands allá por el siglo XVIII. Por ese motivo se fundaban tales instituciones. Para fundir la punta de lanza, criar el caballo de batalla de los evangelizadores católicos que habrían de cruzar el estrecho de la Mancha y adentrarse en tierra hostil con los Milagros de Nuestra Señora y la Leyenda Áurea escondidas en el equipaje. Hazaña que requería de coraje de primera categoría y que explica que los primeros rectores de tales escuelas fueran Jesuitas, expertos como nadie en formar a sacerdotes con disciplina militar, dispuestos a morir en las trincheras de la fe a veces en la más terrible de las agonías. Al abolirse en Escocia las leyes penales contra la evangelización católica, el colegio de Boecillo, así como su matriz en la capital castellana perdieron su sentido de ser y poco a poco su alumnado, léase todos los pelirrojos pecosos fácilmente distinguibles entre la población local. Al final, ya muy entrado el siglo XX, los escoceses abandonaron el edificio, que hoy, hasta donde nosotros sabemos, es de una constructora en concurso de acreedores. Como curiosidad última, diremos que el Duque de Wellington se alojó en él durante la Guerra de Independencia. Y como verdad verdadera que a sus alumnos nadie les aprobó jamás con alguna asignatura suspensa. Y eso que en 1798 estaba cayendo y por caer una histórica de las buenas. 

El Colegio de los Escoceses está en la Lista Roja desde el 7 de enero de 2013. ¿Cuándo engrosará la Lista Verde?

Fotografía de la izquierda: Miguel Ángel García García

Fotografía de la derecha: Patrimonio Valladolid