Una duda razonable

Qué bonito suena eso de democratizar la cultura, ¿verdad? Que todos nosotros, en igual medida y sin discriminaciones, tengamos acceso a los recursos patrimoniales (artísticos, naturales, etc.) no es tan solo grandioso, magnífico. Es una de las mayores conquistas sociales que hemos tenido la suerte de heredar, aunque no siempre estemos conscientes de ello.

Democratizar. Esa es la consigna política que impera en las sociedades más desarrolladas del planeta. Es cool y en cuanto tal se ha venido asumiendo sin objeciones. Obvio. ¿Quién en su sano juicio podría cuestionar a algo tan justo y necesario?

Empero, incluso la democratización de la cultura entraña algún que otro aspecto negativo: la masificación turística, por ejemplo. No es una opinión, es   un hecho. ¿Os acordáis de esos pelotones de personas amontonadas ante El Guernica que os negaron la contemplación de la obra maestra? Y ¿qué me decís de las colas kilométricas que os chupasteis para poder entrar al Museo del Prado? Bien…, eso es masificación turística.

Está bien que todos disfrutemos de nuestro patrimonio, faltaría más. Sin embargo, es ese acceso despreocupado y masivo lo que nos inquieta, y bastante. Por dos razones fundamentalmente: 1) la multiplicación de riesgos y amenazas para los bienes culturales y naturales y 2) el tipo de experiencias estéticas que se ofrece a los visitantes (bastante superficiales, ordinarias).

Dicho de otro modo: muchas veces las cosas son más complejas de cómo se nos presentan. Detrás de un fenómeno como la democratización podrían ocultarse intenciones seguramente menos nobles: atraer a más turistas, vender más entradas. Y si mientras tanto la cultura se banaliza, ¿cómo se pretende culturizar a los ciudadanos?

Sí, nos parece una duda razonable: ¿se ha transfigurado la democratización de la cultura en una miserable explotación de nuestros recursos patrimoniales?

 

Foto: ABC.es