Una única mancha negra, y a medias.

La Ciudad Condal tiene una mancha negra en su patrimonio que en nuestra lista, claro, es roja. No obstante, este hecho permite alabar la gestión de un inmenso patrimonio en intachable estado de conservación. Sólo este lugar empaña, y a medias, la preocupación de los barceloneses por su legado artístico y cultural. Es el Palacio del Laberinto de Horta, conocido por los famosos jardines, y desconocido por todo lo demás. A medias, porque los jardines, ideados poco antes de la invasión napoleónica, son uno de los escasos ejemplos en España de parterre en laberinto, y se conservan en buen estado gracias a la escuela pública de jardinería, sita en el único ala habitable del palacio. La lista roja señala en exclusiva el inmueble, una edificio de planta poligonal construido como villa campestre a las afueras de Barcelona, cuando la vecina Sant Joan d’Horta era un municipio rural, como su propia nombre indica, todavía independiente de la capital de Cataluña.  

Corría el año de 1850 cuando los marqueses de turno, en este caso, de Alfarrás, decidieron reconstruir la vieja propiedad en un nuevo estilo, pintoresco y simbólico, que encajara mejor con los románticos jardines. Comenzaba en esos años un interés por los neomedievalismos, y más concretamente por el estilo neoárabe o neoislámico. La moda arranca posiblemente de las campañas militares en el norte de África, donde regimientos catalanes de roja barretina al mando del general Prim se batían con las cabilas de Marruecos por la gloria de España. Llama la atención que tanto a Joan Prim como a Marià Fortuny, gran promesa de la pintura nacional en aquel momento, les unieran los mismos vínculos: el lugar de nacimiento, Reus, la campaña militar en África, donde el segundo trabajó al servicio del primero y una muerte prematura que truncó el futuro de la renovación política y quizás también pictórica de nuestro país. La pintura de Fortuny, por cierto, tan prolija en temas orientales, encajaría a la perfección en el Palacio de los Alfarrás, con su recoleta muralla, digna de un caravansar en medio del desierto. Por lo demás, el palacio presenta una robusta fachada abierta a dos alas que abrazan un pequeño jardín con estanque, hoy de nenúfares. En el cuerpo central el sencillo arco de herradura califal, sin alfiz, aparece flanqueado por dos pares de columnas de capitel pseudo nazarí, casi a modo de templete tetrástilo. Por encima, la planta noble se abre a través de un arco festoneado bajo el escudo de armas de la familia y un balcón de hierro forjado. Buen lugar este último, para contemplar a lo lejos, difuminada como un oasis, la Barcelona del XIX. Lo corona todo una moldura que, una vez contuvo un reloj, y pobre de mí, me recuerda al heterodoxo Borromini. El conjunto, si no ha quedado ya claro, es muy caprichoso. Prueba de ello es la combinación de vanos, léase arcos y ventanas, de todas las tipologías: geminados, de herradura apuntada, polilobulados, ojivales, como si a los marqueses les hubiera entrado una extraña e inaudita fiebre de abrir los muros por todas partes. Hoy el esplendor del que dan fe las postales de época se ha perdido. Con la caída del revoco, sale a la luz el pobre ladrillo, material utilizado por regla general en la arquitectura hispanomusulmana, por cierto. La enredadera que todo se lo come crece libre por la fachada, y del serigrafiado vegetal que cubría buena parte de los muros solo hay restos residuales. Por si fuera poco, los techos están derruidos en algunas salas, como se aprecia desde el aire en Google maps, y el agua se cuela por todas partes. Sorprende un lugar donde ambientar las mil y una noches en Barcelona, pero de verdad existe. Hasta la monarquía alauita pensó en convertirlo en Casa del Marroc en 2013. La cuestión que se repite es: ¿Por cuánto tiempo?

El Palacio del Laberinto de Horta está en la Lista Roja del Patrimonio desde el 5 de julio de 2009. ¿Cuándo pasará a la Lista Verde del Patrimonio?

Fotos cedidas a Hispania Nostra

 

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